En estos tiempos de la llamada Cuarta Transformación, hay deportes que han quedado rebasados por una nueva disciplina de alto rendimiento: generar empleos. Sí, así como suena. Hoy, quien decide emprender en México no solo necesita visión, capital y estrategia, sino también una resistencia casi olímpica para sobrevivir al entorno. Porque abrir una empresa ya no es solo una apuesta económica, es un acto de fe… o de terquedad, según el humor del día.
Resulta curioso cómo el discurso oficial insiste en que todo marcha bien, mientras en la cancha real el emprendedor esquiva trámites interminables, cambios regulatorios inesperados y una narrativa que, en ocasiones, parece ver al empresario más como sospechoso que como aliado. Crear empleos, en lugar de ser motivo de reconocimiento, se ha convertido en una especie de deporte extremo donde cada obstáculo superado apenas da para seguir en la competencia. Y eso sin hablar de la presión fiscal, los costos operativos o la incertidumbre que llega en cada nueva decisión centralizada.
Lo irónico es que, mientras se celebra la redistribución, se olvida que primero hay que generar. No hay mucho que repartir si no hay quien produzca. Pero en esta lógica, el que invierte, arriesga y contrata pareciera estar participando en una liga aparte, donde las reglas cambian a mitad del partido. Así, en el México de hoy, generar empleos no solo es necesario: es casi heroico. Y como todo héroe contemporáneo, el emprendedor no pide aplausos… con que no le pongan más obstáculos en el camino, se da por bien servido.