La violencia que se volvió paisaje

Comparte

La noticia de cómo fueron encontradas en Aguascalientes las víctimas de un multihomicidio cometido en Zacatecas debería irrumpir con una fuerza difícil de procesar. En otros tiempos, sería motivo incluso de una novela policiaca por la crudeza del hallazgo; sin embargo, lo que realmente asombra es la rapidez con la que pasó de ser un hecho estremecedor a una noticia más en lo cotidiano.

México se ha ido acostumbrando a lo impensable. La violencia, que alguna vez sacudía conciencias y provocaba indignación colectiva, hoy se consume como una cifra más en el mar de publicaciones que aparecen en las redes sociales; las scrolleamos porque ya nos parece normal y aburre.

Los hechos que antes paralizaban al país ahora se narran con una frialdad que duele: ejecuciones, desapariciones, enfrentamientos. Todo parece escalar, no solo en intensidad, sino en la manera en que se integra a la normalidad. Lo más grave no es únicamente que aumente la violencia, sino que disminuya la capacidad de asombro.

Si mañana matan a un colega por ejercer su profesión de comunicador, a un policía, a un soldado o a un elemento de la Guardia Nacional, se corre el riesgo de que en México, al día siguiente, sea solo otro comentario simplón en la mañanera de la presidenta, un argumento simplón en algún debate de cualquier podcast y se pase a otra conversación. Porque ya no impresiona ni a la gente ni al gobierno.

Hay un trasfondo aún más inquietante: el debate político. La crítica al tetratransformismo, que en su momento se levantó como un contrapeso necesario, ha ido mutando en algo distinto. En muchos casos, dejó de ser una crítica estructural para convertirse en un refugio cómodo que, paradójicamente, terminó alimentando el ego de los actores políticos. Aquellos que fueron cuestionados, señalados e incluso rechazados por sus prácticas, hoy encuentran en ese discurso una vía para reivindicarse sin necesariamente haber cambiado.

Por ejemplo, Arturo Ávila, quien encontró en los medios nacionales la oportunidad de convertirse en un entusiasta ejecutor de líneas ajenas para hacerse famoso y convertirse en el sparring de otro igual: Federico Döring.

El resultado es una conversación pública atrapada en extremos mientras la violencia sigue su curso, avanzando sin pedir permiso y normalizándose en la vida cotidiana. En medio de ese ruido político, la ciudadanía queda relegada a un segundo plano, obligada a adaptarse a una realidad que no eligió.

Lo verdaderamente triste es que, entre discursos, culpas compartidas y responsabilidades diluidas, se ha perdido el centro del problema. La violencia no distingue colores ni proyectos políticos. Pero la incapacidad para enfrentarla con seriedad y sin cálculos partidistas sí tiene responsables. Y mientras esa discusión no se recupere, el país seguirá igual …