Decidí hacer una pausa. Un pequeño paréntesis entre tanta crítica política, tanta discusión pública, tanto análisis sobre el país que duele, decepciona o preocupa. A veces uno se acostumbra a mirar la realidad únicamente desde la confrontación, desde la noticia dura, desde la tragedia cotidiana que parece haberse instalado como paisaje permanente de México. Pero este martes, mientras cubría el concierto de Grupo Frontera, tuve una reflexión inesperada.
Confieso que el género no es precisamente mi favorito. Fui al concierto por trabajo, para hacer cobertura, tomar impresiones, documentar el ambiente y contar otra noche multitudinaria de la Feria. Sin embargo, mientras las canciones sonaban y miles cantaban alrededor, tomé el teléfono y puse una videollamada para mi hijo de 11 años. Quería que viera a uno de sus grupos favoritos. Y entonces ocurrió algo mucho más poderoso que el concierto mismo: vi sus ojos. Esa mirada limpia, emocionada, llena de ilusión y asombro. Lo vi sonreír, cantar desde la distancia y disfrutar algo tan simple como el detalle de su padre pensando en él en medio de la multitud. Y ahí entendí algo que quizá habíamos olvidado como sociedad: el asombro sigue vivo.
Cuando pensamos que este país perdió la sensibilidad, que las nuevas generaciones ya no sienten nada porque crecieron hiperconectadas, saturadas de estímulos y acostumbradas a tener el mundo entero en la palma de la mano, basta observar la reacción genuina de un niño feliz para recordar que todavía existe esperanza. Hay niñas y niños en México que siguen emocionándose con cosas simples. Que siguen maravillándose con una canción, una llamada inesperada, una noche compartida aunque sea a través de una pantalla. Y quizá ahí está la verdadera reserva moral y emocional de este país: en esa capacidad intacta de asombrarse.
Vivimos tiempos donde pareciera que todo tiene que ser inmediato, espectacular y viral para generar emoción. Pero no. A veces basta un gesto pequeño. Un detalle. Un “mira hijo, pensé en ti”. Porque el futuro que viene también hay que entenderlo desde esa nueva generación que, a su manera, sigue emocionándose profundamente. Una generación que ama a sus padres y responde a los afectos sinceros. El asombro hoy es una pieza elemental en un mundo saturado de información y tecnología. Y por más inteligencia artificial, pantallas o algoritmos que existan, hay cosas que jamás podrán ser reemplazadas: el amor de un padre y la capacidad humana de asombrarse.