La salud primero

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Hoy viernes, que me tocó tocar de nuevo las puertas del Instituto Mexicano del Seguro Social para darle seguimiento a una intervención que tuve hace más de un año, inevitablemente uno se detiene a pensar en la fragilidad humana. Entre pasillos, estudios, médicos, esperas y papeleo, hay algo que se vuelve imposible ignorar: la salud es, probablemente, el patrimonio más valioso que tiene cualquier persona. Y paradójicamente, suele ser el que menos cuidamos mientras creemos que el tiempo nos pertenece.

La salud suele ser uno de esos temas que damos por sentado hasta que el cuerpo decide recordarnos que no somos invencibles. Vivimos corriendo detrás del dinero, del trabajo, de las metas, de los compromisos diarios, creyendo que el cansancio permanente es normal y que dormir poco, comer mal o vivir bajo estrés son parte inevitable de la adultez. Pero basta una visita al hospital, un diagnóstico inesperado o una noche de dolor para entender que, sin salud, todo lo demás pierde sentido.

En México, además, existe una contradicción profunda: somos una sociedad que presume la convivencia alrededor de la comida, pero muchas veces olvida el cuidado básico del cuerpo. Consumimos excesos como si fueran recompensas y normalizamos hábitos que lentamente deterioran nuestra calidad de vida. Ahí es donde el trabajo de Eduardo del Río ‘Rius’ cobra una vigencia enorme. Rius entendió que la salud no era solamente un asunto médico, sino también cultural, económico y político. En libros como La panza es primero cuestionó la manera en que nos alimentamos y cómo las grandes industrias moldean nuestros hábitos de consumo. Con humor, caricaturas y lenguaje sencillo, logró explicar algo muy serio: muchas enfermedades comienzan en la mesa.

También en La droga que refresca hizo una crítica adelantada a su tiempo sobre el consumo desmedido de refrescos y productos ultraprocesados. Lo que en su momento parecía exageración, hoy es una realidad visible en las estadísticas de diabetes, hipertensión y obesidad que afectan a millones de mexicanos. Rius no escribía desde el regaño moralista, sino desde la preocupación genuina de ver a una sociedad atrapada entre la publicidad, la desinformación y los malos hábitos heredados.

Otra de las grandes enseñanzas de Rius era entender la salud como un acto de conciencia. En Manual del perfecto ateo y otras obras, aunque abordaba temas ideológicos o religiosos, insistía indirectamente en la importancia de pensar por uno mismo. Y eso también aplica al cuidado personal: cuestionar qué consumimos, cómo vivimos y por qué aceptamos rutinas que nos destruyen lentamente. La salud no depende únicamente de hospitales o medicamentos; empieza en las decisiones cotidianas, en el descanso, en la alimentación, en la tranquilidad mental y hasta en la capacidad de detenerse a respirar.

Y sí, para añadirle un poco de ironía a esta reflexión, estoy escribiendo esta columna desde una camilla, ya con buenas noticias médicas y esperando únicamente que transcurra el famoso “periodo de observación” para recibir el alta. Uno descubre que el verdadero lujo de la vida adulta no es un auto nuevo, ni un cargo importante, ni una cuenta bancaria presumible; el verdadero lujo es escuchar a un médico decir: “todo salió bien”.

Cuidar la salud no es un lujo ni una moda “fitness”. Es un acto de amor propio y también de responsabilidad con quienes nos rodean. Porque cuando una persona enferma gravemente, no sólo se afecta ella: toda la familia cambia, se reorganiza y aprende el verdadero valor de algo tan simple como despertar sin dolor. Tal vez por eso Rius conectaba tanto con la gente: porque detrás de sus caricaturas y su humor ácido había una advertencia profundamente humana. El cuerpo pasa factura tarde o temprano, y entenderlo a tiempo puede significar la diferencia entre vivir muchos años… o vivirlos plenamente.