Raúl Cobos, amigo y maestro de tantas conversaciones necesarias, publicó recientemente una frase que se me quedó clavada en la cabeza: “Hay quien está aburrido de vivir, a mí me faltan montón de cosas… aprovechen su tiempo”. Y la verdad es que esa sentencia pesa distinto cuando uno ha pasado dos veces por una cama del IMSS, entre estudios, catéteres, pasillos blancos y el extraño silencio que existe cuando la salud deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una cuenta regresiva mental. Ojalá no haya una tercera vez. Ojalá no sea necesario volver a entender que la vida es mucho más breve de lo que suponemos mientras perdemos horas enteras viendo pantallas en el WhatsApp.
Es curioso cómo vivimos en una época donde la gente parece desesperada por demostrar que existe. Las redes sociales se convirtieron en vitrinas de soberbia y frivolidad disfrazadas de felicidad y éxito. WhatsApp, Facebook, Instagram, TikTok… cada plataforma es una pequeña isla en el inmenso mar de las telecomunicaciones modernas, llena de personas obsesionadas por la dopamina pidiendo atención con la misma intensidad con la que antes se buscaba comida o refugio. Hay quienes desayunan validación y comen aprobación. Y en medio de todo eso, se nos olvida algo elemental: el tiempo no regresa. La salud tampoco siempre.
Uno ve discusiones absurdas en redes sociales y piensa en la cantidad de energía desperdiciada intentando ganar peleas irrelevantes contra desconocidos. Personas construyendo personajes digitales perfectos mientras por dentro viven agotados, ansiosos o vacíos. La tragedia moderna no es solamente la soledad; es la necesidad enfermiza de aparentar que jamás estamos solos. Nos preocupa más la fotografía del café que el hecho de sentarnos tranquilos a tomarlo. Más el filtro que la conversación.
Mientras el país arde por la inseguridad y el peso del gasto del gobierno recae sobre los hombros de una clase media cada día más cansada y estresada, la discusión de la comentocracia no hace otra cosa que perderse en su propio algoritmo. Solo se escucha lo que se quiere escuchar, así funciona el algoritmo.
Y quizá por eso la frase de Raúl Cobos golpea tan fuerte. Porque mientras algunos están aburridos de vivir, otros descubrimos —a fuerza de hospitales, medicamentos y revisiones médicas— que todavía nos faltan demasiadas cosas por hacer. Nos faltan abrazos pendientes, carreteras por recorrer en motocicleta, viajes con la pareja, conversaciones con amigos, tiempo con los hijos, silencios con la madre, risas sinceras, proyectos, canciones y hasta errores nuevos. Nos faltan días.
Tal vez el verdadero lujo en estos tiempos no sea tener seguidores ni presumir una vida perfecta en Instagram. Tal vez el verdadero privilegio sea despertar, respirar sin dolor y tener ganas de seguir adelante. Porque cuando la salud se tambalea, uno entiende que la soberbia digital vale exactamente lo mismo que un “like” olvidado en el fondo del teléfono: absolutamente nada.
Al tiempo… y a su opinión