El eco de los viejos discursos

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El discurso pronunciado por Claudia Sheinbaum en los últimos días dejó una sensación difícil de ignorar: la política mexicana parece haber entrado en un ciclo donde las palabras se repiten con mayor fuerza mientras las soluciones se vuelven cada vez más escasas.

México atraviesa una de las crisis políticas más profundas de las últimas décadas. No porque falten partidos, candidatos o campañas permanentes, sino porque existe una creciente desconexión entre la clase política y la realidad cotidiana de los ciudadanos. Mientras millones de mexicanos enfrentan problemas de inseguridad, acceso a servicios públicos deficientes, incertidumbre económica y una evidente erosión institucional, buena parte de la discusión pública sigue atrapada en narrativas diseñadas para la confrontación ideológica y la movilización partidista.

El problema no es únicamente Morena. El problema es una clase política que, independientemente de sus colores, ha aprendido a hablarle más a sus militantes que a los ciudadanos. Sin embargo, resulta particularmente llamativo que un movimiento que nació prometiendo una transformación profunda termine recurriendo a fórmulas discursivas que parecen extraídas de los manuales más antiguos del populismo latinoamericano.

La promesa de un proyecto nuevo se desvanece cuando los discursos repiten las mismas consignas, los mismos enemigos y las mismas fórmulas de hace décadas. La llamada Cuarta Transformación prometía romper con el pasado, pero con frecuencia parece administrarlo. Cambian los nombres, cambian los símbolos y cambian los protagonistas, pero el guion permanece intacto.

La situación se vuelve todavía más evidente cuando observamos el caso de Aguascalientes. Morena ha intentado construir una narrativa de renovación política en el estado, pero hasta ahora ha demostrado muy poco que pueda considerarse verdaderamente innovador. Sus liderazgos locales reproducen los mismos esquemas de lealtad partidista, las mismas estructuras verticales y la misma dependencia de los discursos nacionales.

Lo preocupante es que la falta de ideas nuevas ya ni siquiera se intenta ocultar. Se copian modelos políticos que en otros tiempos pudieron resultar efectivos, pero que hoy parecen diseñados para satisfacer a una generación de dirigentes que añora las viejas luchas ideológicas y para cautivar a una nueva generación que ha sido absorbida por la lógica de la disciplina partidista antes que por el pensamiento crítico.

Paradójicamente, quienes se presentaron como rebeldes del sistema terminan defendiendo estructuras tan rígidas como aquellas que juraron combatir. El espíritu transformador ha sido sustituido por la obediencia política. La innovación ha sido reemplazada por la repetición. Y la crítica interna, por la unanimidad obligatoria.

Aguascalientes merece algo más que una sucursal de los debates nacionales. Merece una discusión seria sobre seguridad, desarrollo económico, infraestructura, agua, movilidad y calidad de vida. Merece liderazgos capaces de generar propuestas propias y no únicamente replicar consignas producidas desde el centro del país.

La verdadera crisis de México no es solamente económica, institucional o de seguridad. Es una crisis de imaginación política. Los partidos han dejado de pensar el futuro y se han concentrado en administrar sus respectivas clientelas electorales. Mientras eso ocurre, los ciudadanos observan cómo la distancia entre sus preocupaciones y los discursos oficiales continúa creciendo.

Tal vez la pregunta más importante no sea si Morena representa una alternativa frente a sus adversarios. La pregunta es si realmente representa algo nuevo. Y cada vez son más los mexicanos que comienzan a sospechar que la respuesta es no.