La política del espectáculo y la desesperación por existir

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Hay una diferencia enorme entre hacer política y hacer ruido. La primera implica construir soluciones, dialogar con la sociedad y entender los cambios de la realidad. La segunda consiste en buscar desesperadamente reflectores cuando las ideas ya no alcanzan para llamar la atención.

En los últimos años hemos sido testigos de una degradación preocupante del debate público. Cada vez son más los actores políticos que parecen convencidos de que la única manera de permanecer vigentes es protagonizando escándalos, fabricando enemigos imaginarios o montando espectáculos que sustituyan la ausencia de propuestas.

La desesperación se nota. Se siente. Y, sobre todo, se exhibe.

Resulta difícil tomar en serio a quienes intentan reducir discusiones complejas a consignas simplistas. Acusar al “cártel inmobiliario” de rescatar La Pona es un ejemplo de ello. Cuando la realidad contradice una narrativa, algunos optan por no revisar sus argumentos, sino por radicalizarlos hasta el absurdo. Lo importante ya no es tener razón; lo importante es generar una reacción, conseguir una nota, acumular algunos minutos de atención.

La lógica del espectáculo ha contaminado todos los niveles de la política.

Lo mismo ocurre cuando partidos o grupos políticos llegan al extremo de desalojar frente a la prensa a sus propios militantes durante sus propios eventos. La escena es tan reveladora como grotesca: organizaciones que hablan de inclusión mientras expulsan a quienes no encajan en la fotografía; movimientos que presumen unidad mientras exhiben públicamente sus fracturas internas; dirigentes que dicen representar al pueblo mientras parecen incómodos ante la presencia de su propia base.

La imagen termina siendo más importante que las personas.

Pero el problema no se limita a quienes buscan protagonismo mediante la confrontación. Existe otro sector igualmente desconectado de la realidad: aquellos que viven atrapados en la nostalgia del pasado.

Son los políticos que siguen creyendo que la autoridad se construye mediante discursos solemnes, estructuras verticales y relaciones de poder propias del siglo pasado. Hablan como si internet no existiera. Operan como si la ciudadanía no pudiera contrastar información en tiempo real. Piensan que una rueda de prensa puede ocultar lo que miles de ciudadanos observan diariamente desde sus teléfonos.

La soberbia les impide entender que el mundo cambió, corretean al reportero para que les entreviste sobre cualquier tema; buscan el selfie con cualquiera; y a este ritmo, ya no tardan en sacarse sus fotos en los tacos.

El presente llegó de manera aplastante y revolucionó para siempre las formas de hacer política y de comunicar. Hoy las audiencias son más horizontales, más críticas y más difíciles de controlar. Los liderazgos ya no se construyen únicamente desde los partidos, sino desde la credibilidad. La autoridad ya no depende solamente del cargo, sino de la capacidad de conectar con una sociedad informada y cada vez menos dispuesta a aceptar verdades oficiales.

Sin embargo, muchos siguen intentando gobernar el siglo XXI con manuales del siglo XX o, por alguna extraña razón, se sienten progresistas del siglo XIX.

Por eso abundan las campañas artificiales, los enemigos inventados, los escándalos calculados y las polémicas de laboratorio. Porque cuando faltan ideas, sobra teatro. Cuando faltan resultados, aparecen las narrativas. Cuando falta liderazgo, se recurre al espectáculo.

Lo verdaderamente preocupante es que mientras unos buscan llamar la atención a cualquier costo y otros intentan revivir un pasado que ya no existe, los problemas reales continúan acumulándose. La inseguridad sigue ahí. La desigualdad sigue ahí. Los retos ambientales siguen ahí. La crisis de confianza en las instituciones sigue ahí.

Pero pareciera que para muchos actores políticos en Aguascalientes eso es secundario.

Y como si la política del espectáculo no fuera suficiente, ahora existe un juez todavía más despiadado: la cultura del meme.

Durante años, la comentocracia creyó que podía moldear la opinión pública desde columnas, programas de análisis y debates interminables. Hoy la realidad es otra. En los enfrentamientos del Cabildo, en las conferencias de prensa, en las disputas partidistas y hasta en las discusiones sobre espacios públicos, la mayoría de las personas ya no está esperando el análisis definitivo de un experto. Está esperando el meme.

La batalla por la narrativa se ha convertido en una competencia por el remate más ingenioso, la imagen más ridícula o la ocurrencia más viral. La comentocracia se esfuerza por tomar partido, por construir argumentos complejos y por convencer a las audiencias de quién tiene razón. Mientras tanto, internet ya decidió que el ganador será quien produzca el meme más divertido.

En el barrio, por ejemplo, el líder de la palomilla era el que tenía el albur más ingenioso, por ejemplo.

Puede parecer una tragedia para quienes creen en la discusión pública, pero también es una llamada de atención. Durante décadas, muchos políticos y opinadores subestimaron a la ciudadanía. Asumieron que la gente no leía, que no cuestionaba y que bastaba con repetir mensajes cuidadosamente diseñados para controlar la conversación.

Lo irónico es que ahora son ellos quienes son víctimas de esa misma dinámica. Porque el meme no respeta cargos, trayectorias ni investiduras. Reduce la solemnidad a caricatura, convierte la arrogancia en comedia y exhibe en segundos contradicciones que antes podían esconderse detrás de discursos de una hora.

Y sí, una columna crítica puede ofrecer más profundidad que un meme. Pero en una época saturada de información, muchas veces el meme tiene algo que la política ha perdido: capacidad de síntesis, autenticidad y conexión emocional. Tal vez por eso duele tanto. Porque mientras algunos siguen redactando discursos para impresionar a sus aliados, las audiencias ya están compartiendo el chiste que mejor explicó la realidad.

La política moderna no sólo compite contra sus adversarios. También compite contra el humor. Y hasta ahora, el humor va ganando por goleada.

La política mexicana atraviesa una etapa donde demasiados dirigentes confunden notoriedad con relevancia. Creen que aparecer es equivalente a influir. Que ser tendencia es lo mismo que transformar. Que provocar es igual a gobernar.

La historia suele ser implacable con quienes cometen ese error.

Porque al final, los reflectores se apagan. Los escándalos pasan. Las campañas terminan. 

Y cuando todo eso ocurre, únicamente permanecen las ideas, los resultados y la capacidad de haber entendido su tiempo.

Algo que, lamentablemente, parece escasear cada vez más en nuestra clase política.

Al tiempo… y su opinión.