El fantasma de Lorena Martínez

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Hay figuras políticas que nunca terminan de irse. Se retiran del cargo, pero no de la conversación. Eso es exactamente lo que le pasa a Lorena Martínez: cada cierto tiempo, su nombre reaparece como un fantasma que ilusiona a quienes la extrañan en el poder y persigue a quienes prefieren no volver a verla ahí.

Desde que dejó la alcaldía de Aguascalientes, Lorena Martínez ha jugado un juego conocido: coquetear con cualquiera que le ofrezca un reflector mediático amplio. Partidos, corrientes, incluso gobiernos han pasado por su radar. Pero coquetear no es lo mismo que concretar, y en ese terreno solo ha cerrado el trato con dos actores: Enrique Peña Nieto, cuando la nombró Procuradora Federal del Consumidor, y la gobernadora Teresa Jiménez, primero al frente del Instituto de Educación de Aguascalientes y después en la oficina de enlace del gobierno estatal en la Ciudad de México. Ahí, más cómoda que nunca, ha podido seguir alimentando su coqueteo político sin necesidad de comprometerse del todo con nadie.

Por eso resulta tan irónico ver cómo hoy se le menciona como un as bajo la manga de Morena. Una política que construyó su capital como alcaldesa priista y que fue funcionaria del sexenio de Peña Nieto —el símbolo, para muchos, de todo lo que Morena dice combatir— aparece ahora como posible carta de un movimiento que se define precisamente en oposición a ese pasado. No es que Lorena Martínez no pueda reinventarse; es que la reinvención, en su caso, parece más una estrategia de supervivencia que una convicción.

No dudo que sea una buena política. Tiene oficio, tiene tablas, y no por casualidad hay quienes genuinamente la extrañan en el poder. Tanto la extrañan que voltean a ver a cualquier partido que levante la mano por ella, sin importar mucho la bandera bajo la cual llegue esa mano. Ese es, quizá, el activo más valioso que aún conserva: una nostalgia real, construida en la capital durante los años del llamado lorenismo, aunque nunca el suficiente para ganar una elección contra el PAN de la última década en Aguascalientes.

Pero el lorenismo nunca pudo vivir su esplendor completo. El lozanismo se encargó de eso: no solo disipó lo que sobrevivía de aquel proyecto, también abrió la puerta al panismo en la entidad, calculando —con razón— que así se cerraba cualquier posibilidad de que ese grupo regresara al poder tal cual era. Y en efecto, parte de un grupo muy cercano a la ex alcaldesa sí volvió, pero ya no fue lo mismo. Volvió con otra líder, con otro nombre y otro estilo: Teresa Jiménez. El lorenismo, como proyecto propio, quedó ahí, congelado en el recuerdo de quienes lo vivieron.

En ese sentido, no se equivoca el diputado Fernando Alférez cuando señala que Lorena Martínez primero tendría que renunciar a sus compromisos con la gobernadora antes de buscar en serio un espacio en Morena. El problema es que esa renuncia probablemente nunca llegará. ¿Para qué soltar una posición cómoda, estable y bien pagada en el gobierno estatal, a cambio de una promesa incierta en otro proyecto? El coqueteo le sirve más que el compromiso.

Y en el Movimiento Ciudadano, en donde se dijo que milita, Jorge Álvarez Máynez es otro capítulo de esta historia. Desde que el coordinador nacional del MC fue director de La Jornada Aguascalientes, nació entre ambos una amistad y un respeto genuino, y Jorge siempre ha considerado a Lorena como su amiga. Pero la amistad tiene límites cuando de por medio está la credibilidad política: Jorge no estaría dispuesto a sacrificarla frente a la candidata de un importante grupo de mujeres en la Ciudad de México que ha arropado a Anayeli Muñoz no solo como asesora, sino como amiga y compañera de bancada. Es una lástima que ese vínculo cercano no se haya sabido capitalizar en algo más sólido; ahí hubo, y quizá todavía hay, una oportunidad desperdiciada.

Y como suele pasar en Aguascalientes cuando alguien busca reflector propio, apareció Genny López invitando a Lorena Martínez a ser candidata del Partido Verde. Muy de aquí: si quieres que se hable de ti, menciona a Lorena.

Al final, el diagnóstico más honesto es el más sencillo: el lorenismo, como estructura, ya no existe. Sus operadores están dispersos —unos construyendo partidos propios, otros trabajando para el gobierno del estado, otros más en los municipios o incluso en otros estados operando para el PRI—. No hay, al día de hoy, un interés verdadero de unificar ese grupo. Y sin operadores unificados, el coqueteo de Lorena Martínez con Morena, con el Verde, o con cualquier otro proyecto que le ofrezca reflector, seguirá siendo eso: un coqueteo. Un fantasma que ilusiona a sus seguidores y persigue a sus detractores, pero que —hasta ahora— no termina de materializarse en nada.

Al tiempo… y a su a opinión.