El Mundial terminó. Se apagaron las pantallas gigantes, se guardaron las playeras de la selección española y argentina y las calles volvieron a su ritmo de siempre. Pero hay una resaca que no se disipa con un vaso de agua ni con una mañana de sueño: es la que dejan las semanas de brindis, de “hoy sí porque ganamos” y “hoy también porque perdimos”, de un país entero usando el alcohol como pretexto para no sentir, aunque sea por unas horas, el peso de lo que viene después del silbatazo final.
Porque ahí está el problema: el Mundial se va, pero México se queda. Y lo que se queda es una realidad que muchos prefieren anestesiar antes que enfrentar.
Hablar del alcohol como un veneno lento no es una exageración retórica ni el titular fácil de una columna. Es una descripción clínica. El alcohol destruye el hígado, deteriora el sistema nervioso, erosiona la salud mental y, sin embargo, en México lo servimos con orgullo en cada celebración, cada derrota, cada domingo familiar y cada martes cualquiera. Lo normalizamos hasta el punto de que cuestionarlo parece un ataque a la tradición, cuando en realidad es un llamado a la supervivencia.
No es casualidad que el consumo se dispare cuando hay ansiedad de por medio. Y ansiedad, en este país, sobra: la incertidumbre económica, la inseguridad que no da tregua, la política que promete y no cumple, la sensación de que el futuro es una apuesta cada vez más incierta. El alcohol no resuelve nada de eso. Solo lo pospone, lo entumece, lo convierte en un problema para la mañana siguiente. Y la mañana siguiente, tarde o temprano, siempre llega.
Y si esto suena a exageración literaria, ahí están los datos para quitarle cualquier duda. A nivel nacional, el 48.2% de la población consume alcohol de forma actual, y el 34.9% lo hace en niveles de consumo excesivo. En Aguascalientes, lejos de ser la excepción, somos de los que más beben: el 62.9% de la población consume alcohol y el 44.7% reporta un consumo excesivo, cifras considerablemente más altas que el promedio del país.
El costo humano de esas cifras es brutal. El alcoholismo es hoy la principal causa psicoactiva de muerte en México, con alrededor de 41,000 fallecimientos al año, es decir, unas 112 personas cada día. Y su sombra se extiende más allá de la enfermedad: el alcohol y las drogas ilícitas están presentes en hasta el 52% de las muertes violentas del país. No es solo un problema de hígados enfermos; es un factor que empuja la violencia, los accidentes y las tragedias que después leemos como notas rojas, sin conectar los puntos con lo que se sirvió la noche anterior.
Tampoco es solo un asunto de salud física. El alcoholismo figura entre las principales causas de disolución matrimonial en México. En algunas legislaciones locales, donde el divorcio todavía exige comprobar una causal, la ingesta reiterada e injustificada es motivo legal reconocido; en otros regímenes, donde impera el divorcio sin culpa, el alcohol sigue apareciendo como telón de fondo de rupturas que en los expedientes no siempre quedan documentadas como lo que realmente son. Familias que se disuelven, hijos que crecen viendo la botella como parte del paisaje doméstico: ese es otro costo que rara vez entra en la conversación pública.
Mientras el veneno cobra vidas y desintegra hogares, el negocio alrededor de él sigue siendo, paradójicamente, uno de los más rentables del país. La industria legal de bebidas alcohólicas genera en México ingresos superiores a los 430 mil millones de pesos. Para poner esa cifra en perspectiva: es más que todo el Producto Interno Bruto de Aguascalientes, que asciende a 328 mil millones de pesos y representa apenas el 1.3% del PIB nacional, con su economía sostenida principalmente por la manufactura (36.7%), el comercio al por mayor (10.5%) y el comercio al por menor (8.1%). El negocio del alcohol, por sí solo, mueve más dinero que la economía entera de un estado.
Y mientras esa maquinaria sigue intacta, el otro frente de las adicciones ha mutado: el mercado de drogas en México se ha desplazado del tráfico tradicional hacia la producción y el consumo interno de sustancias sintéticas altamente adictivas, disparando las atenciones médicas de urgencia. Dos crisis paralelas, una legal y rentable, otra clandestina y creciente, que comparten la misma raíz: una sociedad que busca anestesia y una economía dispuesta a proveerla.
Frente a este panorama, uno esperaría que la prevención fuera prioridad. No lo es. En la actual administración federal, el presupuesto asignado a la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (CONASAMA) ha sufrido recortes cercanos al 2.5%, muy lejos del estándar del 5% que sugiere la Organización Mundial de la Salud como mínimo necesario para atender la salud mental y las adicciones. Es decir: mientras el problema crece, los recursos para enfrentarlo se reducen. Se le pide a la sociedad que resuelva sola lo que el Estado ha decidido no financiar.
Durante las semanas del torneo mundialista, el alcohol tuvo un permiso social casi ilimitado. Se bebía para celebrar los goles, para ahogar las derrotas, para acompañar el ritual colectivo de ver un partido con los amigos o la familia. Y está bien, hasta cierto punto, permitirnos esos paréntesis de euforia compartida. El problema es cuando el paréntesis se convierte en costumbre, cuando el pretexto deja de ser el futbol y pasa a ser cualquier cosa: el estrés del trabajo, la pelea con la pareja, el aburrimiento de un martes sin nada que celebrar.
El Mundial, con su fiesta y su ruido, funcionó como una lupa. Nos mostró, sin querer, cuánto necesitamos el alcohol como muleta emocional. Y cuando el ruido se apaga, cuando la fiesta termina y toca volver a la rutina, la pregunta incómoda queda flotando: ¿bebíamos por el futbol, o el futbol solo era la excusa que necesitábamos?
La resaca del Mundial no es solo dolor de cabeza y cansancio. Es también el momento en que México, sin la distracción del gol y la fiesta, tiene que mirarse de frente otra vez. Y esa mirada incluye reconocer que el consumo de alcohol en el país no es un tema menor ni un asunto privado de cada quien: es un problema de salud pública que se entrelaza con la ansiedad, con la falta de espacios de contención emocional, con una sociedad que prefiere brindar antes que hablar de lo que duele.
No se trata de satanizar la copa ni de convertir esta columna en un sermón. Se trata de preguntarnos, con la misma seriedad con la que analizamos la sucesión política o el rumbo económico del estado, por qué seguimos normalizando un veneno lento que se cuela en cada celebración y en cada tragedia personal por igual, mientras el negocio crece, las muertes se acumulan y el presupuesto para prevenirlo se recorta.
El Mundial ya se fue. La fiesta ya terminó. Lo que queda es la realidad de siempre, ahora con números encima: 112 muertes diarias, más de 43 de cada 100 aguascalentenses bebiendo en exceso, un Estado que invierte menos de lo que la propia OMS considera mínimo, y una industria que factura más que la economía entera de nuestro estado. Un México ansioso, golpeado por sus propias circunstancias, que sigue buscando en el fondo de una botella algo que solo la salud mental, la contención social y la voluntad colectiva pueden ofrecer de verdad.
La resaca pasa. El problema, no. Al tiempo… y a su opinión.
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Apunte en la libreta:
Mañana habrá Batalla por la Sucesión, espere su columna.