El pito que no se apaga: crónica de la antigua estación

Comparte

Fotos: Roberto González

Hay edificios que no envejecen, se sedimentan. La Antigua Estación de Ferrocarril de Aguascalientes es uno de ellos: un caserón de dos niveles, techo de teja a cuatro aguas, madera y herrería que el ingeniero italiano G.M. Buzzo trazó en 1910 con ese estilo colonial californiano que tanto gustaba a las compañías ferroviarias de la época. Se inauguró el 20 de noviembre de 1911. Hoy es Museo Ferrocarrilero, patrimonio cultural del estado. Pero antes de ser vitrina fue trinchera de vida cotidiana, y esa es la parte que casi nadie cuenta.

El primer tren llegó a Aguascalientes en 1884. Seis años después la ciudad ya se conectaba con el Golfo, y los ingenieros estadounidenses que levantaron esa hazaña de rieles terminaron por quedarse, construyendo sus casas de madera alrededor de lo que se conocería como el Barrio de la Estación. Aguascalientes dejó de ser un punto en el mapa para convertirse en un nudo: por aquí pasaba todo lo que el país movía.

En la planta baja de la estación estaban las salas de espera de primera y de segunda clase —porque hasta el descanso tenía jerarquía—, el restaurante, y la taquilla. Ahí, detrás de una reja de metal y un mostrador de madera pulida por miles de codos, un empleado vendía boletos, sellaba paquetería del Express y despachaba correspondencia que en ese entonces era la única forma de que una noticia, un préstamo o una carta de amor llegara a tiempo. No exagero si digo que la taquilla de esa estación fue, durante décadas, la oficina de comunicaciones más importante de la ciudad: por ahí circulaban giros de dinero de los hidrocálidos que se habían ido al norte, cajas de mercancía que abastecían los comercios del centro, y la ansiedad de quien esperaba noticias de un hijo enrolado en la Revolución.

Arriba, donde hoy el visitante encuentra vitrinas y cédulas informativas, funcionaban las oficinas del superintendente general de los talleres, la de los despachadores, la de los telegrafistas y la de los representantes sindicales. Ese detalle no es menor: bajo el mismo techo convivían el poder patronal y la organización obrera, la orden y la resistencia. La estación no solo movía trenes, administraba el conflicto social de una de las industrias más poderosas del México de principios del siglo XX.

Hay una fecha que cualquier ferrocarrilero viejo de Aguascalientes recuerda como quien recuerda un entierro: el 6 de septiembre de 1963, a las doce del día, se despidió con honores la locomotora 3046, la última máquina de vapor reparada en los talleres de la ciudad. No fue un trámite administrativo. Fue una ceremonia solemne en la que, según narran las crónicas de la época, a más de un riel se le escapó una lágrima viendo apagarse el imperio del vapor. Con esa locomotora se fue también un oficio, un ritmo de vida, un modo de habitar el tiempo que marcaba el silbato y no el reloj.

Esa es la anécdota que sostiene, en el fondo, todo el museo actual: no se exhiben objetos, se exhibe el duelo de una comunidad que vio transformarse su forma de trabajar sin dejar de amar lo que perdía.

En marzo de 2003, tras el trabajo del arquitecto José Luis García Ruvalcaba, la vieja estación reabrió sus puertas convertida en Museo Ferrocarrilero, hoy parte del Complejo Tres Centurias. Ahí, en el mismo espacio donde alguna vez se vendieron boletos y se sellaron cajas de correspondencia, se resguardan cerca de diez mil piezas: máquinas, herramientas de taller, uniformes, documentos, y sí, también los instrumentos de aquella taquilla que fue durante más de medio siglo la ventanilla de contacto entre Aguascalientes y el resto del país.

Lo que el museo custodia, entonces, no es solamente equipo rodante o mobiliario de época. Custodia una identidad: la del hidrocálido que se entiende a sí mismo, en parte, como hijo de una ciudad que existió porque el tren decidió pasar por aquí. El Barrio de la Estación, la Colonia Ferronales con sus casonas de estilo norteamericano, el pito de las locomotoras que marcaba el paso de las horas en el imaginario colectivo: todo eso sigue vivo, no en un sentido nostálgico y decorativo, sino como argamasa de lo que somos como comunidad.

Visitar hoy la Antigua Estación es caminar sobre ese doble tiempo: el de la taquilla que despachaba boletos y correo con la urgencia del presente, y el del museo que archiva esa urgencia para que no se nos olvide de dónde venimos. Aguascalientes no solo tuvo un ferrocarril; el ferrocarril, en buena medida, tuvo a Aguascalientes. Y esa deuda histórica sigue cobrándose cada vez que un visitante cruza esa puerta y el piso de madera vieja cruje bajo sus pasos, como si el edificio todavía quisiera contar algo.