El Banco de México reportó que Aguascalientes recibió 244.9 millones de dólares en remesas familiares durante el segundo trimestre de 2026, un promedio de 2.7 millones de dólares diarios. La cifra representa un incremento de 3% respecto al mismo periodo de 2025, aunque se mantiene 3.3% por debajo de 2023 y 0.8% por debajo de 2024. En el acumulado del primer semestre, la entidad recibió 482.8 millones de dólares, equivalentes a 8 mil 429 millones de pesos al tipo de cambio promedio de 17.46 pesos reportado en el mismo periodo.
Son cifras que, presentadas de manera aislada, podrían leerse como una señal de estabilidad económica. Y en un sentido inmediato lo son: significan que miles de hogares aguascalentenses continúan recibiendo el ingreso que sus familiares en Estados Unidos les envían mes con mes. Sin embargo, una lectura más detenida obliga a una pregunta incómoda que rara vez se plantea con la seriedad que merece: ¿por qué, más de tres décadas después de la apertura comercial y del discurso oficial sobre polos de desarrollo, la economía local y nacional siguen dependiendo de manera estructural de un ingreso que se genera fuera del país?
La respuesta, aunque incómoda, es relativamente clara. Que las remesas sostengan el consumo de miles de familias no es prueba de fortaleza económica, sino evidencia de una carencia persistente: la incapacidad del aparato productivo nacional —y del aguascalentense en particular, pese a su narrativa de industrialización exitosa— para generar en territorio mexicano los ingresos que hoy llegan desde el extranjero.
Lo relevante de este segundo trimestre no es únicamente el monto, sino el contexto en el que se produjo. El flujo de remesas creció pese a un entorno adverso para la comunidad migrante: el endurecimiento de la política migratoria estadounidense, las amenazas arancelarias de la administración Trump, una retórica antiinmigrante que se ha traducido en acción de gobierno, el incremento en redadas y la exposición constante a la deportación que enfrentan miles de connacionales sin estatus migratorio regular. En ese escenario, cabría esperar una contracción del flujo. Ocurrió lo contrario.
Ese contraste merece atención analítica antes que celebración. No refleja la fortaleza de la economía mexicana frente a las políticas de Washington, sino la determinación de los migrantes —con documentos o sin ellos, con empleo estable o bajo la amenaza constante de perderlo— de seguir enviando recursos a sus familias, conscientes de que las condiciones en el país de origen continúan sin ofrecer alternativas suficientes. La resiliencia observada en los datos no corresponde al sistema económico mexicano, sino a quienes, desde fuera, sostienen económicamente a quienes permanecen dentro.
El desempeño estatal, además, no distingue a Aguascalientes como un caso excepcional. El crecimiento de 3% registrado en el segundo trimestre quedó por debajo del promedio nacional de 3.9%. En el acumulado semestral, 18 entidades del país crecieron a un ritmo superior al de Aguascalientes, entre ellas tres de sus vecinos más próximos: Zacatecas (9%), San Luis Potosí (8.8%) y Guanajuato (8.6%). Ni siquiera en la dependencia de los recursos enviados desde el exterior figura la entidad entre los primeros lugares del país.
Frente a este panorama, presentar el crecimiento de las remesas como un indicador de éxito resulta, cuando menos, una interpretación incompleta. Sería más pertinente preguntarse por qué, después de años de discurso institucional sobre clústeres automotrices, inversión extranjera directa récord y polos de desarrollo regional, la economía continúa requiriendo que quienes emigraron —muchos de ellos por falta de oportunidades locales— sostengan con su esfuerzo el ingreso de quienes permanecieron.
Es previsible que la administración Trump mantenga o incluso endurezca su política migratoria, encareciendo el envío de remesas y ampliando el marco de criminalización hacia la migración indocumentada. Es igualmente previsible que los paisanos continúen enviando recursos a sus familias, en la medida de sus posibilidades, porque el vínculo familiar opera al margen de cualquier política arancelaria. Pero que esa constancia se haya convertido, trimestre tras trimestre, en uno de los pilares silenciosos de la economía aguascalentense y nacional no debería interpretarse como un motivo de orgullo, sino como el recordatorio de una deuda estructural que el país aún no ha saldado con quienes tuvieron que salir para sostenerlo.



