Ramiro Luévano y el periodismo sin celular

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Foto: Página 24

Hubo una época, antes de esta era de la hiperconectividad en que ya todas las columnas de los articulistas están al alcance del celular, en que algunos jóvenes lectores de medios, como yo aquí en Aguascalientes, si queríamos leer a los columnistas de La Jornada o Proceso, comprábamos el Página 24 para encontrar de manera más temprana los apuntes de Gutiérrez Vega, Javier Sicilia o, en algunas ocasiones, los artículos especiales del New York Times o el Washington Post. Si queríamos los periódicos nacionales, teníamos que esperar a que llegaran pasada la una.

Como lector de medios, me parece que la figura de Ramiro Luévano siempre estuvo presente, a través de su periódico. Ahí veíamos también qué político desayunaba con qué reportero o con qué otro político; hacíamos especulaciones políticas, seguíamos su columna política y veíamos qué nueva locura se le ocurría a los perredistas o priistas. En ausencia de medios digitales, el Página 24, en ese entonces, era un medio alternativo a los impresos titánicos como el Heraldo o el Hidrocálido. Así lo vivíamos algunos lectores en la transición del nuevo milenio, o sea, allá por el lejano año 2000, más o menos.

Luego, en la nota roja, estaba la Tribuna Libre; también crecí con la leyenda urbana de que si me ponía borracho y chocaba, iba a salir en la Tribuna Libre. Ante cualquier accidente, uno buscaba La Tribuna en el puesto de periódicos. Con el tiempo perdieron el cabezal en un juicio que duró años, pero al final lo perdieron. Se acabó la prensa sensacionalista y alarmista en Aguascalientes, hasta el boom de las redes sociales, que hacen ver a ese semanario amarillista como inocente, comparado con lo que hoy en día circula y está al alcance de nuestros hijos. En ese semanario salieron muchos de mis amigos: algunos fallecidos, otros en accidentes o alcoholizados en la Feria de San Marcos.

Un consumidor de medios como yo leía lo que había, y en Aguascalientes había Página 24 y Tribuna Libre. Con los cartones políticos locales esperábamos la reacción del político, por ejemplo.

Con el paso del tiempo he conocido a una buena lista de reporteros, columnistas y comunicadores que hablan de su paso por el periódico como una escuela iniciática; cada uno de ellos lo vivió a su manera, señalándolo como anecdotario. Así también conocí a editores, e incluso a vendedores. En mi caso, nunca trabajé para él ni tuve algún acercamiento, salvo en dos ocasiones en que pude saludarlo: le dije “Don Ramiro”, me saludó y contestó “joven Salazar”, no más.

En mi caso, no podría hablar más que de lo que leí o escuché de él en las mesas de redacción y en los cuartos de guerra de algunos políticos en el estado.

El pasado 17 de agosto falleció Don Ramiro Luévano, una figura de una comunicación ya extinta que, para dar mayor contexto, tendría que agregar una buena dosis de nostalgia: comprar el periódico en la plaza principal, sentarme a tomar un café y hablar de política sin consultar el celular.

Al tiempo… y a su opinión.