Cada vez que algún amigo me llama para preguntarme por el meme de algún político publicado en un nuevo portal del cual se desconoce absolutamente todo, me es inevitable recordar cómo han cambiado tan rápido las circunstancias, entre esta nueva era de la comodidad absoluta para generar medios propagandísticos y otra que hoy luce casi como la prehistoria.
Recuerdo que en la universidad nos buscó un operador político que representaba los intereses de varios tipos en el poder, a mis cuates y a mí, para armar un pequeño pasquín de 16 páginas tamaño tabloide. Lo escribíamos, lo diseñábamos y lo mandábamos a imprimir en la rotativa de un semanario policíaco. Tenían un servicio de maquila excelente y más económico que el que nos ofrecía el AM de León.
De nuestras ganas de tener un periódico y de sus ganas de usarlo para promover la imagen de algunos políticos y golpetear a otros tantos, aquello pasó muy pronto de una empresa periodística a una herramienta propagandística tan añeja como algunos tabloides romanos en el siglo XVI.
Imprimimos varios miles que se repartieron por todo el estado; incluso conseguimos una pequeña oficina en Torre Plaza Bosques.
Para ese entonces, si mal no recuerdo, el proceso para armar un impreso era complicado: desde los artículos, horóscopos y foto de la semana, todo artesanal, sin las bondades de la IA. Maquetábamos en CorelDraw.
Fueron ocho ediciones, y más que editores, me parece que fuimos más bien un puñado de soldados sin saberlo, trabajando para algún interés o varios intereses comerciales de quien nos contrató. Pero mientras fluyera el pago y nosotros tuviéramos para pagar nuestra renta, costear el cine con la novia y el café, no preguntábamos, accionábamos la maquinaria. Recuerdo esto entre la nostalgia, la pena y la anécdota que ahora me da risa de nuestras fechorías.
Al término del proyecto nos llegó un bono bastante generoso que, para un puñado de estudiantes de comunicación, nos hizo sentir los reyes del mundo. Compramos boletos a Zipolite, Oaxaca, y nos fuimos a festejar; lo recuerdo bastante bien: nuestra aventura por este proyecto editorial que, independientemente de haber servido a una causa política como mercenarios, para nosotros fue nuestro sustento y un pretexto para sentirnos los reyes del marketing político. Fuimos petulantes.
Qué esperanzas de que en estos tiempos, con la apertura de las redes sociales y las bondades de la IA, los operadores políticos tengan ganas de gastar tanto en un pasquín como el de hace algunas décadas.
Estamos viviendo a una velocidad tal que el mercado se ha saturado de plataformas para publicar información; lo que urge son contenidos. ¿Quiénes de los más de 400 nuevos medios de comunicación están ofertando un contenido propio? De su propia inversión, de su propio talento. Es complejo.
Y sin embargo, entre la nostalgia de aquel pasquín artesanal y la vertiginosa oferta actual de plataformas, queda una pregunta que no he dejado de hacerme: ¿qué distingue hoy a un medio de comunicación de una herramienta de propaganda? La diferencia, me parece, no está en el formato ni en la velocidad de producción, sino en la disciplina de origen. Un medio profesional que aspire a ejercer periodismo y, además, ser redituable, necesita sostenerse en la verificación y en la pluralidad de fuentes.
No quiero decir con esto que las herramientas de propaganda sean ilegítimas. Yo mismo fui, a mis veinte, soldado de una de ellas, y no me arrepiento: la comunicación política, el posicionamiento de imagen y la difusión de una agenda son piezas tan válidas del debate público como lo es el periodismo mismo. La democracia se construye también desde el ruido, desde la disputa por la narrativa, desde el pasquín.
Quizá la tarea, más que lamentar la saturación del mercado de pasquines propagandísticos, sea exigir que el periodismo profesional encuentre, contra todo pronóstico, un modelo de creación de nuevos contenidos que haga la diferencia, porque la propaganda sigue evolucionando y cada vez tiene mayores alcances de producción y difusión a un costo cada día más bajo.
Ambos tienen un lugar legítimo en la conversación pública; lo que no tiene cabida es la confusión deliberada entre uno y otro por los propios lectores.
Al tiempo… y a su opinión.



