Aguascalientes entra ya en la antesala del proceso electoral rumbo a 2027, y con ella llega una certeza tan predecible como incómoda: la sucesión no se disputará solamente en las boletas, sino en la trinchera invisible y anónima de las redes sociales. Ahí, en ese territorio sin rostro ni firma, se librará una guerra de percepciones cuya munición favorita será el meme, el chiste simplón que nos hace reir unos segundos antes de scrollear la publicación.
No hablo del meme como género lúdico, como sátira inteligente que a veces ilumina con humor una verdad incómoda. Hablo del meme convertido en arma de golpeteo sistemático, diseñado no para hacer reír sino para desgastar, confundir y polarizar. Vendrán por miles, con una buena inversión de todos los bandos, coordinados o espontáneos, exagerando, descontextualizando, fabricando indignación donde no la hay o silenciando la que sí debería existir. Y no distinguirán entre adversarios: golpearán a los políticos entre sí, sí, pero también a quienes desde el oficio de informar y analizar ponemos nuestro nombre, nuestro rostro y nuestra credibilidad sobre la mesa.
Ahí está la asimetría que me preocupa señalar. Quienes ejercemos el periodismo y el análisis político de manera honesta firmamos lo que decimos. Exponemos nuestro criterio a la crítica, al desacuerdo legítimo, incluso al error que reconocemos cuando lo cometemos. Esa exposición tiene un costo, y lo asumimos como parte del oficio. Pero el golpeteo anónimo no juega con las mismas reglas: opera desde el confort de una pantalla sin consecuencias, sin responsabilidad, sin la obligación de sostener con argumentos lo que lanza como acusación. Es una asimetría de riesgo que favorece sistemáticamente a quien no da la cara.
Por eso el proceso que se avecina no será amable con nadie. No lo ha sido en ningún ciclo reciente en Aguascalientes ni en el país, y no hay razón para pensar que este será distinto. La pregunta relevante, entonces, no es si vendrá el bombardeo —vendrá, sin duda—, sino cómo estará preparada la ciudadanía para recibirlo.
Ahí está la tarea que nos corresponde a todos, no solo a los comunicadores. Una ciudadanía crítica no es aquella que desconfía de todo por sistema, sino la que distingue entre información y propaganda, entre análisis y manipulación, entre la firma que respalda un argumento y el anonimato que solo busca sembrar ruido. Es la que se pregunta quién habla, desde dónde habla, y qué interés hay detrás de lo que se le presenta como verdad incuestionable en cuarenta caracteres o una imagen viral.
No se trata de pedir ingenuidad ni de exigir que la ciudadanía deje de cuestionar a la prensa: al contrario, el escrutinio hacia quienes informamos es sano y necesario, siempre que se ejerza con el mismo rostro descubierto que exige de nosotros. Lo que resulta corrosivo para la democracia no es la crítica, sino la manipulación disfrazada de opinión espontánea, la campaña orquestada que se presenta como indignación genuina.
Aguascalientes tiene, todavía, un tejido social relativamente cercano, donde el rumor se verifica con facilidad si se tiene la voluntad de hacerlo. Esa cercanía puede ser un antídoto si la ciudadanía decide usarla: preguntar, contrastar, no compartir por impulso, no ceder al primer golpe emocional que un meme busca provocar.
El proceso rumbo a 2027 ya comenzó, aunque formalmente falte tiempo para las boletas. Y en esa antesala se está construyendo, meme a meme, el relato con el que muchos electores llegarán a votar. Que ese relato no lo escriban exclusivamente el algoritmo y el anonimato depende, en buena medida, de que la ciudadanía decida pensar antes de compartir, y de que quienes ejercemos la crítica desde la firma y el rostro sigamos haciéndolo, pese al desgaste, porque ese ejercicio —incómodo, expuesto, pero honesto— sigue siendo indispensable para que la democracia no se decida solo a golpes de pantalla.
Al tiempo… y a su opinión.



