La IA sí te va a quitar el trabajo

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Mi primer jefe fue mi papá. Yo era un niño y me pagaba dos pesos por hoja. Mi trabajo consistía en tomar biografías de una enciclopedia y transcribirlas a Word, en una computadora que usaba una de esas primeras versiones de Windows.

Mi papá había dejado la Ciudad de México para comenzar una nueva etapa en Aguascalientes y uno de sus primeros proyectos fue una editorial a la que llamó Aqua Clara, nombre inspirado en el escudo de armas de nuestro estado. Yo no lo sabía entonces, pero aquel pequeño trabajo sería también mi primera aproximación al mundo de la comunicación y a una transformación tecnológica que terminaría acompañándome durante toda mi vida profesional.

Me pagaban dos pesos por cada hoja capturada. Hoy aquella tarea prácticamente no tendría sentido. Una computadora puede digitalizar, reconocer y procesar en segundos cantidades de texto que a mí me habrían llevado horas.

Con el tiempo, mi trabajo desapareció. Yo no.

Tuve que aprender otras cosas. Años después, trabajando ya en un periódico, me tocó presenciar otra transformación. Muchos procesos que durante décadas habían sido indispensables para producir un diario, comenzaron a volverse obsoletos.

Pienso, por ejemplo, en el corrector de estilo. Cuando esa función se reducía exclusivamente a detectar faltas de ortografía, colocar puntos y comas o encontrar erratas, inevitablemente comenzó a competir con programas capaces de realizar buena parte de esas tareas.

Pero los buenos editores no desaparecieron. Permanecieron aquellos capaces de hacer algo más, entender un texto, cuestionarlo, darle sentido, contexto, claridad. Ahí comprendí algo que hoy vuelve a cobrar enorme importancia.

Cuando la tecnología aprende a ejecutar una tarea, el valor humano tiene que desplazarse hacia aquello que está por encima de la ejecución. Ahora vuelvo a encontrarme frente a esa pregunta desde otro lugar.

Actualmente dirijo también un canal de televisión y observo cómo comienzan a aparecer herramientas capaces de generar voces, imágenes, video e incluso realizar procesos de edición que hasta hace muy poco requerían varias personas y muchas horas de trabajo. Y entonces vuelvo a preguntarme, ¿Qué va a ocurrir con quienes se han limitado a ser ejecutores?

La televisión tampoco está exenta de esta transformación. El camarógrafo que solamente sabe operar una cámara, el editor que únicamente sabe unir imágenes, el productor que se limita a cumplir una escaleta, el redactor que solo toma recados o el reportero que cubre la cuota con los boletines, todos ellos tendrán que preguntarse qué valor adicional pueden aportar. Porque la inteligencia artificial puede convertirse en una extraordinaria herramienta de producción, pero precisamente por eso obliga a las personas a convertirse en algo más que operadores de procesos.

Obliga a crear, a proponer, a tener una mirada. Y aquí aparece otro riesgo para los medios de comunicación: confundir estructura con talento.

Una organización puede llenarse de procedimientos, de puestos, de formatos, de autorizaciones, y terminar creyendo que lo importante es tener suficientes personas ejecutando tareas. Quizá la revolución de la inteligencia artificial obligue a replantear justamente eso.

Los medios necesitarán menos personas cuya única función sea ejecutar y tendrán que encontrar, formar y conservar personas capaces de imaginar. Talentos que sepan utilizar estas nuevas herramientas para investigar mejor, contar mejores historias, construir nuevas narrativas, producir contenidos que tengan una identidad propia.

Hace unos días, precisamente mientras trabajaba con una inteligencia artificial, me hice otra pregunta incómoda. ¿De verdad necesitaré contratar a un diseñador para cada pieza que requiera? No planteo la pregunta desde la soberbia, ni desde el desprecio por ninguna profesión. La planteo desde la experiencia de alguien que alguna vez ocupó un puesto que la tecnología volvió innecesario.

Yo fui aquel niño que cobraba dos pesos por transcribir una hoja. Por eso quizá la discusión está mal planteada cuando preguntamos si la inteligencia artificial va a sustituir al ser humano.

La pregunta debería ser otra: ¿Qué parte de nuestro trabajo consiste únicamente en ejecutar y qué parte requiere creatividad, criterio, sensibilidad, talento y una mirada propia?

En Aguascalientes esta conversación no pertenece al futuro. Está ocurriendo ahora. En nuestras agencias de publicidad, periódicos, televisoras, universidades, despachos, empresas y pequeños negocios. Y quizá uno de los mayores errores que podríamos cometer sería resistirnos a la herramienta pensando que así protegemos empleos.

La historia tecnológica rara vez ha funcionado de esa manera. Mi primer empleo desapareció. Después vi desaparecer funciones completas dentro de las redacciones. Ahora observo cómo empiezan a transformarse los procesos de producción de televisión. Y aquí sigo. Aprendiendo otra vez. Por eso no veo a la inteligencia artificial únicamente desde el miedo. Tampoco creo que debamos observarla con ingenuidad. Habrá trabajos que cambiarán profundamente y tareas que dejarán de necesitar personas.

Habrá empresas que utilicen estas herramientas para reducir costos y otras que las aprovecharán para multiplicar sus posibilidades creativas. Pero quizá ahí esté, precisamente, la gran oportunidad. Transcribir no es escribir. Corregir no es editar. Operar no es crear. Y utilizar inteligencia artificial tampoco significa necesariamente tener talento.

La herramienta puede cambiar. Lo ha hecho durante toda mi vida. La pregunta de esta tercera década del siglo quizá no sea si una máquina será capaz de hacer nuestro trabajo. La verdadera pregunta es: ¿Qué seremos capaces de hacer nosotros cuando la máquina pueda hacerlo? Y sobre todo, ¿Qué vamos a crear con todo ese poder nuevo entre las manos?

Al tiempo… y a su opinión