Cuando el número deja de ser un número

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Desde el micrófono se ve algo que las estadísticas no muestran: la distancia entre quien administra un expediente y quien lleva años buscando a un hijo, un hermano o una madre.

Hace unos días conduje el Encuentro Estatal por la Verdad y la Búsqueda de Personas Desaparecidas que se llevó a cabo en la Universidad de la Policía y Ciencias de la Seguridad de Aguascalientes (UNPOL). En el mismo espacio coincidieron colectivos de búsqueda, instituciones públicas y especialistas del Colegio de Doctores en Ciencias Forenses y Criminalistas “Carlos Roumagnac”, presidido por el Dr. Francisco Javier Luna Rivera. El encuentro se realizó en colaboración con la Comisión Estatal de Búsqueda, a cargo de la Mtra. Violeta Sabás Díaz de León.

El Encuentro sirvió para que cada actor explicara qué hace, qué le falta y qué necesita de los demás. Los colectivos hablaron de la búsqueda en campo y de la burocracia que la rodea. Las instituciones expusieron sus alcances y sus límites. Los especialistas forenses recordaron que, en los casos que requieren identificar restos, hacen falta procedimientos científicos, cadena de custodia y cruce de datos genéticos. Que estos tres mundos se sentaran a la misma mesa no es un dato menor. La desaparición de personas se atiende con coordinación, y la coordinación empieza por escucharse.

Los números explican la urgencia. Al corte del 27 de junio de 2026, el Registro Nacional contabilizaba 135 mil 271 personas desaparecidas y no localizadas. En lo que iba de ese año se habían presentado 11 mil 746 reportes; de esas personas, 4 mil 768 seguían sin ser localizadas. La tendencia no es reciente: según un análisis de Causa en Común publicado en Nexos, con datos del Registro consultados en enero, los casos registrados en 2025 llegaron a 12 mil 961, el mismo máximo de 2024, con un promedio de 35 diarios.

Hay que decir también lo que las autoridades sostienen. El Gobierno federal informó en marzo que, de cada 100 personas reportadas como desaparecidas en un mes, en promedio 66 son localizadas; de ellas, 92 de cada 100 con vida. Es un dato relevante y conviene reconocerlo. Pero no responde por sí solo a la pregunta que permanece abierta para cada familia cuya búsqueda continúa: dónde está su persona desaparecida y qué se está haciendo para encontrarla.

Hay además un asunto metodológico que no debe pasarse por alto. Las cifras cambian según la fecha de corte y la depuración del registro. Causa en Común advirtió en su análisis publicado en Nexos que el número de personas registradas como desaparecidas bajó en cuestión de días, sin una explicación pública de la Comisión Nacional de Búsqueda. Cuando el conteo se modifica sin una explicación clara, la desconfianza de las familias es comprensible. Transparentar cómo se cuenta también es una forma de buscar.

El perfil de quienes faltan también nos obliga a mirar más allá de las cifras. En un artículo para La Jornada, Jessica Xantomila señala que entre los hombres destacan las edades de 15 a 35 años y, entre las mujeres, las de 10 a 20. Son jóvenes que debían estar en la escuela, en el trabajo o en su casa.

No quiero cerrar con cifras. En el Encuentro entendí, una vez más, que las cifras sirven para dimensionar el problema y para exigir políticas públicas. Pero quien pierde a alguien no vive una estadística. Para una madre que lleva la ficha con la foto de su hija, da lo mismo que el país cuente 135 mil casos o uno solo. Ese caso es el suyo. Es una silla vacía en la cena, una llamada que ya no llega y una fecha que se vuelve insoportable cada año. Es una espera sin saber dónde está ni qué le ocurrió, una incertidumbre que no deja cerrar la herida.

Por eso la desaparición de una persona debería indignarnos igual cuando ocurre una vez que cuando ocurre miles de veces. Una sociedad que se acostumbra a la cifra corre el riesgo de dejar de ver los rostros. Frente a eso, la obligación del Estado, de quienes informamos y de quienes escuchamos es sostener la memoria, exigir resultados y no soltar los nombres. 

Cada persona desaparecida merece ser buscada como si fuera la única.

Al tiempo… y a su opinión