Las elecciones intermedias de Estados Unidos del 3 de noviembre dejaron un resultado contundente: los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y del Senado. En estados que hasta hace poco se consideraban bastiones republicanos —Texas, Kansas, Ohio, Carolina del Sur, Iowa— el electorado castigó la agenda de Donald Trump. Fue un rechazo claro, medible y, en varios casos, histórico. En México, y en buena parte de América Latina, la lectura inmediata fue de alivio: si el Congreso ya no está con Trump, entonces se acabaron las amenazas de aranceles, se debilita el ICE y la presión sobre la frontera baja. Es un imaginario comprensible, pero probablemente equivocado.
El poder ejecutivo en Estados Unidos no se reparte de la misma manera que el legislativo. El ICE es una agencia del Departamento de Seguridad Nacional, bajo control directo del presidente. Sus operativos, sus prioridades de detención y deportación, y el volumen de recursos que se le asignan dentro de lo ya aprobado, dependen de la Casa Blanca mucho más que del Congreso. Un Congreso demócrata puede investigar, puede condicionar presupuestos futuros y puede generar ruido político, pero no puede apagar de un día para otro una maquinaria que ya existe y que Trump ha convertido en símbolo de su identidad política. La idea de que el ICE “desaparece” o se desactiva porque cambiaron las mayorías en Capitol Hill ignora cómo funciona realmente el aparato federal.
Lo mismo ocurre con los aranceles. Trump ha demostrado, tanto en su primer mandato como en el segundo, que está dispuesto a usar la autoridad comercial ejecutiva —secciones 232, 301 y otras herramientas— para imponer gravámenes sin necesidad de una ley nueva. Un Congreso adverso puede complicarle la vida en otros frentes y puede obligarlo a negociar, pero no elimina de un plumazo su capacidad de amenazar o aplicar aranceles a productos mexicanos. La historia reciente lo confirma: el T-MEC se renegoció bajo presión y amenazas explícitas. Esa lógica no se diluye automáticamente porque los demócratas controlen las cámaras.
Lo más relevante para México no es tanto lo que el nuevo Congreso pueda frenar, sino lo que Trump puede decidir intensificar precisamente porque perdió terreno legislativo. Un presidente debilitado en el Capitolio suele buscar escenarios donde todavía puede mostrar fuerza y donde el adversario es más manejable. México ha sido, desde 2016, su sparring favorito: la frontera, los migrantes, los carteles, el comercio, el agua, la energía. Es un territorio político que le permite hablarle a su base sin tener que negociar con un Congreso hostil. Ante un resultado electoral que lo dejó a la defensiva en casa, la tentación de elevar el tono —y las acciones— hacia México es real. No es improbable que veamos más operativos de alto perfil, más declaraciones sobre “invasión” o “fentanilo”, y más uso de la amenaza comercial como palanca de negociación o de castigo.
El imaginario colectivo que ahora circula —el de un Trump contenido, casi neutralizado, y de una relación bilateral que se “normaliza” por el simple hecho de que los demócratas ganaron— subestima dos cosas. Primero, la capacidad de un presidente para actuar unilateralmente en seguridad fronteriza y comercio. Segundo, la utilidad política que Trump le ha sacado siempre a México como adversario simbólico. La ola azul en el Congreso es un dato importante y merece celebrarse como un límite real al poder republicano. Pero no es, por sí sola, la desaparición del ICE ni el fin de los aranceles ni el inicio de una relación más amable. Es, más bien, el escenario en el que un Trump políticamente herido puede decidir que su mejor respuesta es golpear más fuerte donde todavía puede: en la frontera y en la relación con su vecino del sur.
México haría bien en no confundir el resultado de una elección legislativa con un cambio de fondo en la política exterior y migratoria de la Casa Blanca. El poder que más importa para la frontera y el comercio sigue residiendo en la Oficina Oval. Y quien la ocupa tiene, ahora, incentivos adicionales para usarlo con más dureza.
Al tiempo… y a su opinión

