El R8: Sombras de Navidad

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Era diciembre y la ciudad olía a luces nuevas y a prisas viejas.
El R8 caminaba por los pasillos del Centro Comercial Altaria como cualquier otro hombre haciendo compras navideñas, aunque nada en él era del todo común. Bajo la manga del abrigo, Lex, su reloj con inteligencia artificial, pulsaba con vida propia.

—Te recuerdo que el regalo para el Fiscal debe ser discreto —susurró la voz metálica—. Y el de la gobernadora, sobrio, pero con carácter.

El R8 sonrió apenas. Elegía regalos como quien arma coartadas: sin errores, sin rastros. Nadie imaginaba que ese hombre, rodeado de villancicos y escaparates, cargaba un pasado que no cabía en ninguna bolsa.

Fue entonces cuando Lex cambió de tono.

—Alerta. Coincidencia balística y de modus operandi. Múltiples homicidios en Zacatecas. Sospechoso activo en Aguascalientes. Alias: El Macaco.

El R8 se detuvo frente a un árbol de Navidad. Las luces parpadeaban como si dudaran. Zacatecas. Muertos. Un nombre que ya había escuchado en sus noches sin sueño.

El Macaco no solo había matado; ahora estaba construyendo algo nuevo. Se escondía en la colonia Guadalupe Peralta y comenzaba a reclutar jóvenes para una pandilla de motociclistas. Italikas y Ventos de bajo cilindraje, rápidas para huir, baratas para perderlas. Robos pequeños, violencia creciente. El preludio de algo peor.

—Está formando una jauría —confirmó Lex—. Y lo hace rápido.

El R8 salió de Altaria con las bolsas en la mano y la decisión tomada.

Sabía que no podía hacerlo solo.

Los Ahuizotes MC aparecieron una noche sin ceremonia. Motores graves, miradas directas. No preguntaron por recompensas ni por favores futuros. Solo escucharon el nombre.

—Ese tipo está manchando el barrio —dijo uno de ellos—. Y el asfalto también tiene memoria.

El plan fue sencillo y preciso. Rutas, horarios, esquinas. El R8 conocía la mente de los depredadores; Lex, sus probabilidades de error.

La noche en Guadalupe Peralta cayó espesa. Las motos pequeñas rugieron primero, confiadas. No sabían que cada salida ya estaba cerrada. Los Ahuizotes aparecieron como sombras con peso, cortando el paso sin necesidad de disparos.

El Macaco intentó huir a pie. Siempre lo hacían.

El R8 lo esperaba al final de la calle, donde la luz de un foco moribundo apenas dibujaba siluetas. No hubo pelea larga ni palabras heroicas. Solo una mano firme en el hombro y una frase seca.

—Hasta aquí.

El Macaco cayó. No por miedo, sino por certeza.

La madrugada comenzaba a enfriarse cuando todo terminó.
Las calles de Guadalupe Peralta quedaron en silencio, como si nada hubiera pasado. Las motocicletas pequeñas yacían apagadas; la pandilla del Macaco se había disuelto sin ruido.

Los Ahuizotes MC se reunieron en un claro de la calle, motores aún tibios, luces bajas. El R8 se quitó el casco y dejó que el aire le golpeara el rostro. No dijo nada al principio. Observó. Siempre lo hacía.

Uno de los Ahuizotes se acercó y rompió el silencio.

—Buen trabajo —dijo—. Pocos saben rodar así… y menos saben cuándo detenerse.

El R8 asintió.

—Sin ustedes no habría sido posible —respondió con voz grave—. Les debía este agradecimiento.

Hubo un breve silencio, de esos que pesan pero no incomodan. Otro de los Ahuizotes dio un paso al frente.

—Aquí tienes lugar —dijo, señalando los chalecos—. Gente que respeta el camino y cuida el asfalto. Si quieres rodar con nosotros… las puertas están abiertas.

El R8 miró las motocicletas, los parches, la hermandad que se respiraba en el aire. Por un instante, pareció considerar la idea. Luego negó despacio.

—Se los agradezco —dijo—, de verdad. Pero yo viajo mejor solo. Siempre ha sido así.

Nadie insistió. Los Ahuizotes entendían ese lenguaje.

El líder extendió la mano. El R8 la tomó con firmeza. Un apretón seco, sincero, sin promesas ni deudas. Solo respeto.

—Cuídate en el camino —dijo uno de ellos.
—Y ustedes cuiden la ciudad —respondió el R8.

Se colocó el casco, encendió la motocicleta y se perdió entre las calles aún dormidas. Los Ahuizotes MC hicieron lo mismo, rodando en dirección contraria, como sombras que regresan a su guarida.

En su muñeca, Lex rompió el silencio.

—Registro emocional: respeto mutuo confirmado.
—Eso basta —respondió el R8.

Y la noche volvió a cerrarse, sabiendo que, al menos por ahora, alguien seguía velando por ella.

Días después, la ciudad siguió con su Navidad. Nadie habló de pandillas desmanteladas ni de asesinos capturados. Los regalos llegaron a sus destinatarios. Las luces siguieron brillando.

El R8 volvió a caminar entre la gente como un hombre más. En su muñeca, Lex cerró el archivo.

—Caso concluido —dijo—. La ciudad duerme tranquila.

El R8 pensó que la justicia, cuando es real, no necesita aplausos.
Solo necesita llegar antes de que la oscuridad aprenda a quedarse.