La luz de Alicia en la Navidad de Aguascalientes

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Bajo el cielo frío de Aguascalientes, cuando diciembre parecía envolver a la ciudad en un silencio antiguo, caminaba Alicia por las calles del centro como quien carga un invierno dentro del pecho. Las luces navideñas colgaban de los balcones del Palacio de Gobierno. El sonido lejano de la música que brotaba de la bocina de un puesto ambulante se mezclaba con el repicar de las campanas de la Catedral. Alicia sentía que la Navidad había decidido olvidarla.

Vivía en una casa pequeña, no lejos del barrio de Guadalupe, donde el viento nocturno se colaba por las rendijas como un recuerdo insistente. Desde la muerte de sus padres, ocurrida un diciembre atrás, Alicia había aprendido a convivir con la ausencia. El trabajo en una tienda de telas del andador Allende apenas le alcanzaba para pagar gas, luz, agua y comprar lo indispensable. No había árbol, ni nacimiento, ni risas. Solo una silla vacía frente a la mesa.

Aquella víspera de Navidad, al cerrar la tienda, la patrona le anunció con voz seca que ya no necesitaría sus servicios.
—Las ventas han bajado —dijo, sin mirarla a los ojos.

Alicia caminó de regreso a casa con el alma encogida. Las calles de Aguascalientes, normalmente alegres en esas fechas, le parecieron entonces interminables. Observó a las familias cargar bolsas, a los niños jalar a sus padres frente a los puestos de buñuelos, y sintió que la vida seguía sin pedirle permiso para doler.

Al llegar a su hogar, encendió una vela. La flama tembló, como si dudara en quedarse. Alicia apoyó la frente sobre la mesa y lloró en silencio, con un llanto contenido, de esos que no buscan consuelo porque ya no creen merecerlo. Pensó en pasar la noche dormida, para que el día siguiente llegara pronto y, con él, quizá, el olvido.

Pero entonces ocurrió algo sencillo, casi imperceptible, como suelen ser los milagros verdaderos.

Un golpe suave en la puerta interrumpió su tristeza. Era Mateo, el viejo vecino que vendía periódicos en la plaza y que siempre la saludaba con una cortesía antigua. Traía en las manos un pequeño paquete envuelto en papel café y una sonrisa tímida.

—No es mucho—dijo—, pero pensé que nadie debería pasar la Nochebuena sola.

Dentro del paquete había pan, algunas colaciones y una figura pequeña del Niño Dios, tallada en madera. Alicia quiso agradecer, pero las palabras se le quebraron en la garganta. El viejo Mateo se marchó despacio, dejando tras de sí un calor inesperado.

Poco después, tocaron de nuevo. Esta vez fueron unos niños del catecismo del templo de Guadalupe. Era una actividad organizada por la señora Himlenda. Cantaban villancicos con voces desentonadas y sinceras. Le regalaron una piñata pequeña, hecha de cartón y papel de colores. Alicia, sin darse cuenta, sonrió.

Encendió la estufa, preparó canela, colocó al Niño Dios sobre la mesa y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que la casa respiraba. Afuera, las campanas anunciaron la medianoche, y Alicia comprendió algo que el dolor le había ocultado: la Navidad no vive en la abundancia, sino en la bondad que se comparte incluso cuando se tiene poco.

Esa noche, Alicia rezó no para pedir, sino para agradecer. Y al hacerlo, el peso de su tristeza se volvió más ligero.

Con el amanecer del 25 de diciembre, Aguascalientes despertó entre luces y esperanza. Alicia salió a la calle con el corazón distinto. No sabía qué le depararía el futuro, pero entendió que no estaba sola. La ciudad, con sus plazas, sus campanas y su gente sencilla, la había abrazado sin que ella lo notara.

Y así, como en las viejas historias, la Navidad cumplió su promesa: no borró el dolor del pasado, pero sembró en Alicia algo más fuerte que la tristeza —una fe renovada en los demás y en sí misma—, recordándole que mientras exista compasión, siempre habrá un nuevo comienzo.