Crónica de una Sombra: El R8 contra La Mona
El R8, un detective privado, apoya a la Fiscalía de Aguascalientes a desmantelar un punto de narcomenudeo y capturar a La Mona.

Las gotas de lluvia golpeaban la ventana de mi oficina en el centro de la ciudad de Aguascalientes, dibujando serpenteos por el vidrio empañado. La neblina de Aguascalientes, esa que te cala hasta los huesos, se mezclaba con el humo de mi cigarrillo. Los focos de la calle proyectaban halos borrosos sobre el asfalto mojado. Los días de lluvia traen consigo esa melancolía que te hace cuestionar por qué te dedicas a esto, a este oficio en el que la mugre se pega a tus entrañas y la verdad es una sombra escurridiza. Mi nombre es El R8, un apodo que heredé de mi viejo, un detective con más vicios que virtudes.
La Mona. Un nombre que resonaba en los bajos fondos, en las calles donde la ley era un chiste mal contado. Era la pieza clave que faltaba en el rompecabezas de la Fiscalía, un fantasma que se movía entre callejones oscuros y barrios de mala muerte. Su negocio era la venta de una sustancia que te prometía el cielo y te entregaba el infierno. Un veneno que se había cobrado ya varias vidas, dejando un rastro de dolor y desesperación.
Mi cliente era un padre, un hombre destrozado por la adicción de su hijo. Me contrató para seguir el rastro de La Mona, para encontrar el hilo que la unía al sufrimiento de su familia. No era un caso de desaparición, ni un adulterio, era un caso de redención.
La investigación me llevó a los barrios bajos de la ciudad. Zonas donde el sol no se atrevía a brillar y las fachadas descoloridas de las casas contaban historias de miseria. Los informantes eran como ratas que solo salían por la noche, buscando sobras. Algunos me miraban con desconfianza, otros me daban pistas a cambio de un par de billetes. Cada pista era un pedazo de un mapa que me llevaba directo al domicilio de La Mona.
Era difícil que mi Honda VTX 1300 se camuflara entre los callejones, sin embargo no levantaba sospechas. El sonido del motor era una advertencia en contra de los criminales.
El nombre Domingo Velazco apareció en mis notas. Un fraccionamiento llamado VNSA, sector Alameda. Era el lugar donde el veneno se distribuía, el centro de operaciones de La Mona. Me instalé en un café cercano, con la excusa de ser un escritor buscando inspiración. Mis ojos estaban pegados a la calle, observando cada movimiento, cada cara.
Los días se convirtieron en semanas. Observé el ir y venir de los distribuidores, jóvenes con la mirada perdida y adultos con el rostro endurecido por la vida. Conté sus entradas y sus salidas, sus horarios, sus rutas. Mi libreta se llenaba de nombres, apodos y descripciones. El “57 gramos” que luego aseguraría la Fiscalía, se lo había visto en las manos de un joven que pasaba cada tarde por el callejón de atrás.
Finalmente, tuve el rompecabezas completo. Tenía la cara de La Mona, su nombre, sus horarios y la certeza de que el lugar era un hervidero de ilegalidad. La información era tan sólida como un lingote de oro. Llamé al inspector García, un viejo lobo de mar que conocía mis métodos y confiaba en mi instinto. Le entregué toda la información: los horarios de entrada y salida, la ubicación de la casa, una descripción de la mujer y las pruebas visuales que había recopilado.
La Fiscalía actuó con la precisión de un cirujano. Con la información que les di, solicitaron una orden de cateo. No hubo tiempo para que La Mona se escapara. No hubo chance de que el veneno se diluyera en la red de las calles.
Recibí una llamada de García. “La Mona ha caído”, me dijo con su voz grave. “Ramona ‘N’, así se llama. Ya está en las rejas”. Me contó que en el cateo encontraron los 10 envoltorios de plástico con la sustancia. La Mona había sido detenida. El juez había calificado de legal su detención y la había vinculado a proceso por el delito contra la salud. Las medidas cautelares eran severas: un kilómetro de distancia de su domicilio y de los testigos, prohibición de molestar y separación de su casa.
La lluvia se había detenido. Las calles brillaban bajo la luz de los faroles, reflejando el final de un capítulo. El padre de mi cliente me llamó para darme las gracias. Su voz era la de un hombre que comenzaba a respirar de nuevo. Había ayudado a detener a un demonio, había contribuido a cerrar un círculo de dolor.
El trabajo de un detective privado no es siempre elegante, no es siempre glamuroso. A veces es solo sentarse, observar, esperar y dejar que la verdad, como un fantasma, se muestre a sí misma. La Fiscalía había hecho su trabajo, pero sin la información que les di, La Mona seguiría siendo un fantasma. Mi trabajo estaba hecho, la ciudad se sentía un poco más segura, y mi alma, por una vez, estaba un poco menos sucia. Me recargué en la silla, encendí otro cigarrillo y me preparé para la siguiente tormenta. Siempre hay otra.