La sombra del Mandril
El R8 y su nuevo colega Lex, una Inteligencia Artificial, unen fuerzas para cazar a El Mandril en Aguascalientes.

El despacho de El R8 olía a café recalentado y a papeles viejos. Desde su ventana, en el centro de la Ciudad de Aguascalientes, se veía la Avenida Madero como un río lento de rostros cansados. Él no era amigo de la tecnología, ni de las modernidades; su fuerte eran las miradas, los silencios y las huellas que los criminales dejaban en la acera.
Esa mañana, el teléfono sonó como si trajera pólvora.
—R8, soy yo —la voz grave del jefe Diamante llenó el auricular—. Necesito que uses esto.
Media hora después, Diamante apareció en el despacho con una cajita negra. Dentro, un reloj extraño, de metal oscuro, con un brillo como de luna enferma.
—Se llama Lex. Inteligencia Artificial. Podrá hablarte y darte información sobre cualquiera de los tipos que te cruces.
—¿Y yo qué voy a hacer con esto? —gruñó El R8.
—Aprender. Y atrapar a El Mandril.
Lex empezó a hablar apenas rozó la muñeca del detective.
—Buenos días, R8. He analizado tus antecedentes: pésimo con la tecnología, bueno con las corazonadas. Un balance aceptable.
—Tú cállate y haz lo que tengas que hacer —resopló el detective, sintiendo que hablaba con una cafetera con opiniones.
Las primeras horas fueron un infierno. El R8 no entendía los comandos, Lex se burlaba de su torpeza, y en un par de ocasiones estuvo a punto de arrojar el reloj al caño. Pero la pista de El Mandril —un ladrón de armas y extorsionista de media plaza— no esperaba.
El Mandril era un animal de callejón, con los puños como ladrillos y la risa podrida. Lo rastrearon por los callejones detrás del Parián, luego hasta las bodegas oxidadas en el oriente de la ciudad. Fue Lex quien detectó que la señal del teléfono del criminal se había detenido en un viejo almacén de granos.
—R8, entrada lateral, cámara apagada. Solo tienes 90 segundos antes de que regrese su guardia —susurró Lex en un tono que sonaba casi humano.
La pelea no fue elegante. El Mandril salió como toro furioso, pero El R8 aún sabía usar sus puños y su cabeza. Entre los golpes y la adrenalina, Lex guiaba como un fantasma en su oído:
—Esquiva a la izquierda… ahora.
Un giro, un derechazo, y El Mandril quedó tendido, con el sudor y la derrota escurriéndole por la frente.
Al salir, R8 miró el reloj.
—No eres tan malo, Lex.
—Tú tampoco, R8. Solo necesitabas… actualizarte.
En el centro, las luces de la ciudad seguían parpadeando como si nada hubiera pasado. Pero entre el detective y la máquina había nacido una alianza extraña: carne, hueso y bits contra el lado oscuro de Aguascalientes.