Balas en Constitución


La noche olía a pólvora y a miedo. En el barrio Constitución, los perros aullaban antes de que el silencio se quebrara por los gritos y las detonaciones. A esa hora, el R8 —detective privado sin licencia ni miedo— rodaba por la Avenida Aguascalientes en su chopper negra, con el motor rugiendo como un lobo cansado. No buscaba problemas, pero los problemas siempre lo encontraban.

El caso le cayó como caen las malas noticias: de golpe y con olor a sangre. Un colega de la vieja guardia en la Fiscalía le había llamado, casi con un susurro:
—Oye, R8, cayó “Tute”… lo vincularon por homicidio. Pero algo no cuadra.

Ángel “N”, alias Tute o Lebrón, no era ningún santo, pero tampoco el tipo que dispara a su propio compañero. La historia oficial decía que, el 29 de octubre de 2025, un grupo de hombres llegó al fraccionamiento Constitución con la intención de “ajustar cuentas”. Dos armas, una confusión, y un muerto que no estaba en los planes. Un vecino herido de rebote, y una ciudad más que se iba acostumbrando al sonido seco de las balas.

El R8 se estacionó frente a la cinta amarilla que aún marcaba el lugar de los hechos. Encendió un cigarro, exhaló y observó los casquillos que brillaban como pequeños testigos mudos bajo el alumbrado público. Tenía un don: podía oler la mentira antes de que alguien la pronunciara.

—Demasiado limpio para ser un tiroteo improvisado —murmuró.

Una vecina lo miró desde la ventana, desconfiada. Él levantó la vista.
—¿Usted vio algo, doña?
—Yo no vi nada… pero escuché —respondió ella, con voz temblorosa—. Primero fueron tres disparos… luego un grito… “¡me diste a mí, cabrón!”. Después, silencio.

El R8 anotó mentalmente la frase. El muerto no había sido un daño colateral: había sido un error, o un castigo.

Al día siguiente, se coló a la audiencia inicial. El juez dictó vinculación a proceso contra “Tute”, imponiéndole prisión preventiva. La prensa tomó fotos, los fiscales aplaudieron entre líneas, y el R8 sólo observó. Sabía que a veces la justicia no se impartía: se escenificaba.

Salió del edificio de justicia mientras una llovizna fina comenzaba a caer. Se subió a su moto, encendió el motor y dejó que el sonido metálico ahogara sus pensamientos. Aún no sabía quién había movido los hilos, pero intuía que el caso no terminaría con un auto de vinculación.

La ciudad, con sus luces y sus sombras, seguía girando.
Y el R8, como siempre, iba tras el ruido de las balas y el eco de la verdad.