A Opinión del 04/02/25

La polarización política en México se ha convertido en un problema creciente que amenaza con fracturar aún más la ya debilitada cohesión social

La polarización política y el diálogo en México: Un desafío urgente

La polarización política en México se ha convertido en un problema creciente que amenaza con fracturar aún más la ya debilitada cohesión social. Ante este escenario, me parece urgente reflexionar sobre cómo esta división afecta a la sociedad y, sobre todo, proponer soluciones que fomenten el diálogo y la tolerancia entre los distintos sectores empresariales, políticos y sociales.

Un claro ejemplo de la polarización actual lo encontramos en la crisis arancelaria y migratoria con Estados Unidos. Aunque la presidenta Claudia Sheinbaum logró una prórroga en los acuerdos, extendiendo un mes la imposición del 25% de aranceles a los productos mexicanos, esta medida no refleja un verdadero diálogo, sino que es el resultado de una negociación que más bien parece un pliego petitorio de un país vecino que se impone sobre México. Esta situación pone de manifiesto cómo los acuerdos se construyen desde una postura que cede a las presiones, sin un entendimiento genuino, ni un respeto mutuo.

Sin embargo, lo más alarmante es cómo este tipo de actitud impositiva, tan característica de Donald Trump hacia México, se refleja también en las relaciones internas del país. La postura de Trump, que jamás dio tregua a las negociaciones y siempre exigió sin ofrecer concesiones, no es tan distinta de la que regularmente asumen los gobiernos mexicanos frente a la oposición. En lugar de construir puentes, en lugar de abrir espacios para el diálogo y la negociación, el gobierno de turno, al igual que el presidente estadounidense, opta por una actitud de imposición, por la búsqueda de mayorías aplastantes y por una lógica de “todo o nada”.

Es esta misma tendencia la que ha provocado que en México, la política se divida de manera tan simplista entre los “a favor” y los “en contra”, y que cualquier postura intermedia sea rápidamente rechazada o estigmatizada. La idea de que la política se juega solo entre dos bandos irreconciliables ha calado profundamente en el imaginario colectivo, y no parece haber un interés genuino en la construcción de acuerdos que beneficien a la sociedad en su conjunto.

De hecho, esa actitud de imposición que caracterizó a Trump en su trato con México es casi idéntica a la que se observa en el actual panorama político nacional. Durante más de 70 años, México vivió bajo un sistema que favorecía la concentración del poder en un solo partido, primero con el PRI y ahora, en la actualidad para un segundo sexenio con Morena. En ambos casos, la actitud hacia la oposición ha sido una de desprecio, de negarle la oportunidad de influir en las decisiones clave del país. Al igual que Trump, que no daba espacio a la negociación, el gobierno mexicano ha preferido avanzar con una agenda que, en muchos casos, deja poco margen para el diálogo o el consenso con quienes piensan diferente.

Este modelo de política autoritaria, que no sabe ceder ni negociar, se ha convertido en un círculo vicioso que perpetúa la división y polarización. México parece demandar de Estados Unidos lo que no es capaz de aplicar en su propio territorio: la voluntad de sentarse a negociar, de llegar a acuerdos en beneficio de ambos, sin la imposición de una visión unívoca. Y, lamentablemente, esta misma actitud se refleja internamente, donde el “otro”, el opositor, es visto como un enemigo que debe ser derrotado a toda costa, no como un aliado potencial en la construcción de una democracia más sólida.

Es urgente que comprendamos que el camino hacia un México más democrático no pasa por la imposición ni por la división, sino por el diálogo, la tolerancia y la construcción de acuerdos. Necesitamos dejar atrás la idea de que la política debe ser un campo de batalla, donde solo hay ganadores y perdedores, y comenzar a entenderla como un proceso en el que las diversas voces, aunque disonantes, tienen un papel crucial en la creación de soluciones que beneficien a todos.

En este sentido, pienso que Aguascalientes podría convertirse en un ejemplo de cómo se pueden construir acuerdos entre posturas e ideas diferentes, un modelo de diálogo político que con las condiciones adecuadas, podría ser posible sentar a las distintas fuerzas políticas en la misma mesa en un tipo parlamento abierto, escucharse y construir consensos en beneficio de la sociedad.

La civilidad que se esperaría de Aguascalientes podrías ser una muestra que la política no tiene que ser un enfrentamiento constante, sino un espacio para el entendimiento mutuo y la colaboración. Este es el tipo de ejemplo que México necesita en la nueva era trumpista: un modelo de cómo se pueden superar las divisiones y trabajar juntos para construir un país más fuerte, más plural y, sobre todo, más democrático.

Al tiempo… y a su opinión

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