A Opinión del 27/8/25
Aguascalientes aún registra cifras bajas en violencia armada, pero la pérdida de paz duele más que cualquier estadística oficial.

Aguascalientes, entre las balas y la esperanza
En Aguascalientes, cada poco más de dos días alguien cae herido o muerto por una bala. No es una cifra abstracta: son 100 historias truncadas en apenas siete meses de 2025. Detrás de cada número hay una familia rota, una silla vacía en la mesa, un barrio que se acostumbra a escuchar el eco de los disparos.
Julio trajo un respiro: solo cinco personas asesinadas con arma de fuego, menos que los nueve casos de enero o los siete de febrero. Pero la calma es engañosa. El estado suma ya 133 homicidios en lo que va del año, 59 de ellos dolosos. Y aunque los reportes oficiales repiten la palabra “disminución”, los ciudadanos siguen viviendo con el mismo temor: que la violencia toque la puerta de su casa.
En el contexto nacional, las cifras de Aguascalientes siguen siendo bajas. Y, sin embargo, aquí el golpe se siente más duro. Durante décadas vivimos con la certeza de que la paz era parte de nuestra identidad, y mirábamos como algo lejano —casi ajeno— los crímenes del narcotráfico y la violencia del crimen organizado. Hoy esa certeza se desmorona, y lo que antes presumíamos como orgullo, ahora parece arrebatado por las balas. La pérdida no es solo de vidas, sino de tranquilidad.
La pregunta que flota en el aire es siempre la misma: ¿cómo frenar este espiral? Seguir parchando con patrullas en las calles no basta. El círculo vicioso es claro: se invierte en seguridad reactiva, pero la delincuencia se adapta, cambia de colonia, muta de estrategia.
La solución posible para Aguascalientes no está en más armas contra las armas, sino en un modelo integral. Prevenir donde más duele: en los barrios vulnerables, donde los jóvenes encuentran más fácil una pistola que un empleo. Apostar por la inteligencia policial y no solo por el rondín, con tecnología que permita anticipar delitos en lugar de reaccionar tarde. Y, sobre todo, asegurar una justicia rápida: que quien jale el gatillo enfrente un castigo inmediato, sin procesos que se pierdan entre carpetas empolvadas.
Aguascalientes aún puede salvar su paz. No es tarde para construir una estrategia que ponga la vida por encima de las cifras. Porque si seguimos midiendo la violencia solo en gráficas, corremos el riesgo de olvidar que cada punto en esas tablas es una persona que ya no volverá a casa.
El llamado es urgente: autoridades y sociedad debemos actuar juntos. Si permitimos que la violencia se normalice, perderemos lo más valioso que teníamos: la paz que nos distinguía. Recuperarla no es solo un deber gubernamental, es una tarea colectiva, porque el orgullo de vivir en Aguascalientes no puede ser enterrado junto con nuestras víctimas.