A Opinión del 4/7/25
En México, opinar políticamente se ha vuelto peligroso; la crítica escrita incomoda más que una pistola en manos del poder.

La opinión escrita como arma peligrosa
En México, opinar con argumentos se ha vuelto un acto de valentía. Cada vez resulta más peligroso escribir una idea política que incomode, que señale, que cuestione. La violencia ya no sólo se ejerce desde las armas, también desde las redes, los linchamientos digitales, las descalificaciones sistemáticas y los silencios forzados. Hoy, en nuestro país, una opinión bien pensada y escrita puede representar una amenaza mayor para los aliados de cualquier régimen que una pistola cargada.
La palabra, cuando nace de la conciencia crítica, tiene un filo que corta profundo. Tal vez por eso molesta tanto. Porque desenmascara, expone contradicciones, confronta la narrativa oficial y recuerda que la libertad de expresión no es una dádiva del poder, sino un derecho ciudadano. Y, sin embargo, todo intento de ejercer ese derecho se encuentra con una resistencia brutal: insultos, amenazas, cancelaciones, intentos de ridiculización.
Lo más alarmante es cómo esa violencia contra el pensamiento se disfraza de humor. Se ha normalizado la reducción de todo debate político a un meme simplón, hueco de análisis, diseñado no para provocar reflexión, sino para callar al otro con burla. No se argumenta: se caricaturiza. No se dialoga: se ridiculiza. No se responde: se ataca. Y así, cada día el espacio público se llena menos de ideas y más de slogans; menos de razones y más de odio disfrazado de ocurrencia viral.
¿En qué momento una frase bien escrita se volvió más peligrosa que una bala? Quizá desde que empezamos a tenerle miedo al pensamiento libre. Porque la violencia, aunque tenga múltiples formas, siempre teme a la verdad dicha en voz alta. El poder —cualquiera que sea su color o bandera— prefiere al ciudadano que grita sin sentido, antes que al que escribe con claridad. Porque al primero se le puede manipular; al segundo, no.
Vivimos tiempos de intolerancia. De una polarización que ya no distingue entre crítica y traición, entre disenso y odio. Y en medio de ese fuego cruzado, el periodista, el escritor, el ciudadano que opina desde su trinchera de letras, se convierte en blanco.
No dejemos que nos roben el lenguaje. No entreguemos la palabra a los que prefieren el ruido. Defendamos el derecho a opinar, incluso cuando nos incomode lo que otros tienen que decir. Porque si seguimos reduciendo la política a memes, y la crítica a insultos, no sólo perderemos el debate: perderemos el país.
Porque una sociedad que teme a una idea escrita está, sin saberlo, dándole más poder a la violencia que a la razón. Y en esa ruta, no hay libertad que sobreviva.