Año Nuevo en Silencio

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La noche de Año Nuevo caía espesa sobre la ciudad. Las luces de la avenida Colosio, en Aguascalientes, brillaban con una alegría que no le pertenecía. El R8 entró solo a un restaurante discreto, de esos donde el ruido se apaga y las conversaciones se vuelven murmullos. Pidió una cena sencilla, un tequila sin prisa, y eligió una mesa contra la pared, desde donde podía ver la puerta. Viejas costumbres que nunca se olvidan.

Mientras los demás brindaban por lo que venía, él brindaba en silencio por lo que ya no estaba.

Cuando el mesero se retiró, El R8 metió la mano en el interior de su chamarra. Sacó una fotografía gastada por el tiempo. En ella, una mujer sonreía con una firmeza serena, el tipo de sonrisa que solo tienen quienes saben disparar, amar y sobrevivir. Era su esposa. Su compañera. La mujer que conoció en la academia de fuerzas especiales, donde el respeto se gana con sudor y cicatrices. Se casaron ya en servicio, sin promesas grandilocuentes, solo con la certeza de que se cuidarían la espalda.

Zacatecas regresó de golpe.

El operativo nocturno. Las calles angostas. La orden clara. Y luego, la emboscada. Un infierno de balas. Las fuerzas especiales de la Marina rodeadas por criminales que conocían el terreno. Ella cayó primero. Él sobrevivió por instinto, por rabia, por una suerte maldita. Desde entonces, cada Año Nuevo era una herida abierta.

Lex —murmuró El R8, sin despegar la vista de la fotografía.

El reloj inteligente vibró suavemente en su muñeca.

Detecto alteración emocional significativa —respondió la voz serena de Lex—. Tristeza profunda, duelo no resuelto. ¿Deseas hablar de ella?

—Siempre hablas como si fuera un archivo —respondió El R8, con una media sonrisa cansada.

Ella no es un archivo —replicó Lex—. Es el centro de la pérdida que defines como identidad. Hoy es 31 de diciembre. La probabilidad de que recuerdes Zacatecas es del 98%.

El R8 guardó silencio.

—Brindaban cuando nos atacaron —dijo al fin—. En algún lugar también era Año Nuevo.

Lo sé —contestó Lex—. Y aun así sigues aquí. Eso también dice algo de ella.

En otro punto de la ciudad, lejos del ruido de los brindis, el Fiscal del Estado observaba el reloj de pared en su oficina. Marcaba pocos minutos para la medianoche. Su asistente particular, su mano derecha, cerraba una carpeta con informes atrasados.

—¿No va a salir, jefe? —preguntó ella.

El fiscal negó con la cabeza.

—Nunca en Año Nuevo —dijo—. Y menos hoy, el crimen no descansa y no está celebrando el año nuevo.

—¿Ha tenido comunicación con El R8? —aventuró ella.

El fiscal asintió, con gesto serio.

—Cada año es igual. Esta fecha lo pone de luto. Fue cuando aquel comando armado lo emboscó en Zacatecas… cuando perdió a su esposa. Nunca lo superó. Algunos dicen que por eso sigue siendo el mejor. Otros, que por eso nunca descansa. Es como si en cada detención espera ver la cara de aquellos que dieron final a la vida de su esposa.

—¿Cree que algún día lo haga?

El fiscal miró por la ventana, hacia una ciudad que celebraba.

—Algunos hombres no viven después de perderlo todo. Solo siguen en pie.

De vuelta en el restaurante, El R8 levantó su copa. Afuera, el conteo regresivo comenzaba. Él tocó la fotografía con el pulgar y susurró:

—Por ti.

Lex guardó silencio. A veces, incluso una inteligencia artificial entiende que no hay palabras suficientes.

Cuando el reloj marcó la medianoche, la ciudad gritó de alegría. En una mesa solitaria de la Colosio, El R8 brindó con la ausencia, como cada año, cargando el amor que sobrevivió a las balas y la promesa que jamás pudo cumplir: volver juntos a su casa en Aguascalientes. Un lugar seguro para construir un hogar en familia.

La asistente particular del Fiscal dudó unos segundos antes de hablar. Tenía el teléfono en la mano, la pantalla encendida con un mensaje sin enviar.

—Hay algo más, jefe —dijo, bajando un poco la voz—. Información fresca. Un probable cargamento de refacciones ilegales de vehículos. Dicen que entra esta madrugada. Pensé en pasárselo al R8 para que lo investigara.

El Fiscal no volteó de inmediato. Se quedó mirando el reloj, como si los segundos también pesaran.

—No —respondió al fin, con calma firme—. No hoy.

La asistente frunció ligeramente el ceño.

—Pero podría adelantarse…

—Mañana —la interrumpió él—. Que espere al día siguiente.

Ella entendió. Guardó el teléfono sin insistir.

—Este día —continuó el Fiscal— el R8 lo reserva para él. Para su soledad. No es un capricho, es una regla no escrita. Hoy no persigue a nadie, no salva a nadie, no carga con los problemas del Estado. Hoy solo sobrevive a sus recuerdos.

La asistente asintió en silencio.

—Mañana volverá a ser el de siempre —concluyó el Fiscal—. Y cuando lo haga, más vale que tengamos todo listo. Porque cuando el R8 regresa del luto, regresa sin misericordia.

En algún punto de la ciudad, sin saber de cargamentos ni de informes, El R8 seguía sentado frente a su copa vacía, acompañado únicamente por una fotografía, un reloj que entendía demasiado y una soledad que, al menos esa noche, nadie se atrevió a interrumpir.