Claudia Sheinbaum inicia su tercer año de gobierno con algo que cualquier presidenta quisiera tener: poder, control político y una aprobación que ronda el 70 por ciento.
Tiene además diferencias evidentes de estilo respecto a su antecesor. Es menos estridente, más técnica, más disciplinada en el discurso y ha comenzado a construir una manera propia de ejercer la Presidencia, con a.
Y, sin embargo, basta con que Andrés Manuel López Obrador encienda una cámara para que buena parte de la conversación nacional vuelva a girar alrededor de él.
Un día antes del segundo aniversario del gobierno de Sheinbaum, López Obrador reapareció desde La Chingada, en Palenque. Si finca de hectárea y media, poco menos, dijo.
El pretexto fue la presentación de Pueblo, su nuevo libro. Pero durante más de una hora habló de historia, de la Cuarta Transformación, de sus adversarios, de los medios, de Estados Unidos y, por supuesto, de Claudia Sheinbaum, a quien dedicó la obra.
Incluso se ocupó de negar algo que, por sí mismo, resulta políticamente interesante que considere necesario negar: que sea un “jefe máximo” o un “poder tras el trono”.
No tenemos elementos para afirmar que López Obrador gobierne desde Palenque. La propia Sheinbaum ha sostenido públicamente que su antecesor ha sido respetuoso de su gobierno y que no le envía instrucciones.
Pero tampoco puede ignorarse un hecho político: su sola aparición sigue teniendo la capacidad de alterar la conversación pública. Y ahí está la paradoja.
Claudia gobierna, toma decisiones y tiene poder. Pero López Obrador reaparece y ocupa nuevamente el centro del escenario sin necesidad siquiera de anunciar un regreso a la política. Le basta presentar un libro.
La escena resulta todavía más significativa porque ocurre justo cuando Sheinbaum cumple dos años en Palacio Nacional y comienza el tercero de los seis años para los que fue electa.
Este tendría que ser el momento de hacer un balance sobre ella, sus decisiones, aciertos, errores y proyecto.
Y, sin embargo, Andrés Manuel volvió a aparecer en la conversación.
La propia presidenta terminó hablando de él, agradeció la dedicatoria de Pueblo y dijo algo particularmente interesante: que López Obrador se dedica a reflexionar y escribir, y que eso también es una forma de hacer política.
Quizá ahí está precisamente el asunto.
Porque el problema no consiste necesariamente en determinar si López Obrador da órdenes desde Palenque. La pregunta verdaderamente interesante es cuánto tiempo puede permanecer un expresidente en el centro simbólico de un movimiento después de haber entregado el poder. Y cuánto necesita su sucesora para construir un relato político que pueda explicarse sin recurrir permanentemente al hombre que la antecedió.
Sheinbaum tiene todavía cuatro años por delante y las condiciones para construir su propio legado.
Por eso, después de dos años, quizá la pregunta ya no debería ser cuánto queda de López Obrador en el gobierno de Claudia Sheinbaum.
La pregunta es otra:
¿Cuándo empieza realmente el sexenio de Claudia?



