El calendario que celebra el descanso

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Acabamos de salir de un megapuente de cuatro días (del 30 de octubre al 2 de noviembre) y ya estamos a punto de entrar a otro (del 13 al 16 de noviembre). En menos de tres semanas, los alumnos de preescolar, primaria y secundaria habrán sumado ocho días sin clases por la combinación de Consejos Técnicos Escolares, registro de calificaciones y días festivos. Y esto ocurre en un calendario que oficialmente presume 185 días efectivos.

La pregunta es simple y, sin embargo, la SEP parece evitarla: ¿cuánto tiempo real de aprendizaje se está protegiendo?

En México se ha normalizado la idea de que el calendario escolar es, en buena medida, un ejercicio de acomodar descansos. Cada asueto se “estira” con un CTE, una descarga administrativa o un registro de calificaciones. El resultado es una sucesión de interrupciones que fragmentan el ritmo de trabajo. No se trata solo de los días que se pierden, sino del efecto que tiene reiniciar constantemente la dinámica del aula. El aprendizaje no es un interruptor que se prende y apaga sin costo.

La comparación con otros sistemas es ilustrativa. En Japón el año escolar suele superar los 200 días lectivos. No es que no existan vacaciones (el verano es largo), pero el principio rector es la continuidad: hay tareas durante los recesos, las actividades extracurriculares mantienen el vínculo con la escuela y la cultura institucional prioriza la constancia y el esfuerzo sostenido. El calendario no se diseña pensando en cuántos puentes se pueden armar.

En Europa la variación es mayor, pero el promedio de la OCDE ronda los 180-190 días con un énfasis distinto. Países como Alemania, Finlandia o Dinamarca no destacan por tener el mayor número de horas, sino por proteger el tiempo de instrucción y reducir las interrupciones administrativas a lo largo del ciclo. Las vacaciones están concentradas y planificadas; no se van creando “megapuentes” cada dos o tres semanas. El foco está en la calidad del tiempo en el aula, no en maximizar los días fuera de ella.

En México, en cambio, el mensaje implícito del calendario es otro: que el tiempo de clase es elástico y que siempre se puede ceder un poco más en favor del descanso o de la logística administrativa. El problema es que ya partimos de un piso de resultados educativos frágiles. Cada interrupción adicional no ocurre en el vacío; se suma a las pérdidas acumuladas por la pandemia, por paros y por la desigualdad de condiciones entre escuelas.

Nadie discute el derecho al descanso ni la importancia de conmemorar fechas históricas. Lo que sí es discutible es la lógica de que cada asueto deba convertirse en un bloque de cuatro días y que las jornadas administrativas de los docentes se resuelvan sistemáticamente a costa del tiempo de los alumnos. Otras formas de organizar el trabajo docente y el calendario son posibles. Japón y buena parte de Europa lo demuestran.

La SEP tiene la facultad de diseñar el calendario. También tiene la responsabilidad de preguntarse si el que está publicando prioriza el aprendizaje o la comodidad de acumular descansos. Mientras no lo haga, seguiremos celebrando megapuentes en un sistema que, en resultados, tiene poco que celebrar, mínimos resultados y muchos megapuentes. 

Al tiempo… y a su opinión