Vivimos cansados. No necesariamente por trabajar más, sino por pensar demasiado en sobrevivir lo cotidiano. El estrés ya dejó de ser un estado excepcional para convertirse en una forma de vida. Estrés por la inseguridad, por el tráfico, por la inflación, por los servicios públicos, por el miedo a enfermarse, por llegar a fin de mes, por la incertidumbre permanente. Y en medio de esa saturación colectiva, aparece el gobierno —que debería ayudar a aliviar la presión social— muchas veces funcionando exactamente al revés: agregando ruido, ocurrencias y burocracia inútil.
Porque no deja de ser profundamente irritante enterarse de que hay funcionarios públicos cobrando dinero para imaginar propuestas como darle más vacaciones a los niños “para que disfruten el Mundial” o “para que no tengan calor”. La iniciativa no prosperó, sí, pero eso no elimina el problema de fondo: alguien en algún escritorio creyó que esa era una prioridad nacional. Mientras millones de familias viven jornadas laborales agotadoras, mientras el país arrastra rezagos educativos brutales y mientras la violencia sigue normalizándose en cada rincón de México, hay burócratas cuya creatividad institucional gira alrededor de pedir menos clases y más descanso.
Y no se trata de estar en contra del futbol, del Mundial o de que los niños disfruten la vida. El problema es otro: la desconexión absoluta entre quienes toman decisiones y quienes viven la realidad. Para una familia trabajadora, más vacaciones no necesariamente significan descanso; muchas veces significan otro problema logístico, económico y emocional. Padres viendo quién cuida a los hijos, gastos adicionales, rutinas alteradas y escuelas perdiendo todavía más capacidad de convertirse en espacios de formación real en un país que urgentemente necesita educación sólida, pensamiento crítico y disciplina social.
Lo verdaderamente estresante es la sensación de que el aparato público vive atrapado entre la superficialidad y la propaganda. Que mientras la ciudadanía intenta conservar un mínimo de estabilidad mental, siempre aparece una nueva ocurrencia oficial para recordarnos que el sentido común dejó de ser requisito para ocupar un cargo público. Y eso desgasta. Desgasta más de lo que muchos políticos creen. Porque el estrés social no solamente viene de las tragedias; también nace de la acumulación constante de pequeñas estupideces institucionales que hacen sentir a la gente abandonada intelectualmente por quienes gobiernan.
La gran pregunta es hasta dónde aguanta una sociedad vivir permanentemente tensionada. Porque llega un punto donde el ciudadano ya no explota por una gran crisis, sino por el hartazgo acumulado de miles de decisiones absurdas. El límite no siempre lo marca una tragedia histórica; a veces lo marca la sensación cotidiana de que nadie está pensando seriamente en el futuro del país.
Y quizá eso sea lo más agotador de todo: descubrir que mientras millones intentan sobrevivir al estrés diario, hay quienes desde el poder parecen empeñados en administrarlo, alimentarlo y multiplicarlo.


