Resulta curiosa —y profundamente preocupante— la forma tan déspota con la que algunos sectores de la sociedad de Aguascalientes demeritan el dolor y el sufrimiento de los venezolanos que hoy viven en el exilio en nuestro estado. Como si el desarraigo pudiera relativizarse con cifras, como si el número importara más que la causa. No importa si son decenas o cientos: todos salieron escapando de un régimen que les arrebató lo esencial —libertad, estabilidad, patrimonio y futuro— y los obligó a reconstruirse lejos de casa.
Más lamentable aún es observar cómo esas mismas voces son capaces de defender, justificar o minimizar la figura de Nicolás Maduro, responsable de violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Desde una lógica agresiva y desinformada, desacreditan la estancia de venezolanos en México con argumentos tan simplistas como ofensivos, negando una tragedia ampliamente documentada y reduciendo el exilio a una molestia ajena.
Y es ahí donde aparece la joya del razonamiento: según esta narrativa, Venezuela “debería estar mejor que Dinamarca”. Mejor que uno de los países con mayor calidad de vida del planeta, con instituciones sólidas, Estado de Derecho funcional y democracia plena. Claro, seguramente 8 millones de venezolanos abandonaron su país por aburrimiento, por exceso de bienestar o porque no soportaban vivir en una potencia nórdica tropicalizada. Nada tuvo que ver la escasez, la represión, la persecución política o el colapso institucional; fue, sin duda, un malentendido colectivo.
La ironía es brutal: desde la comodidad o por complicidad, se pontifica sobre un país que no se ha vivido; se juzga un dolor que no se ha cargado; se desacredita un exilio que no se ha padecido. Defender al régimen que tenía secuestrado a un país, no es solo intelectualmente deshonesto, es una forma cínica de negar la tragedia humana detrás de cada historia de migración forzada.
El pasado 3 de enero, la plaza principal de Aguascalientes se convirtió en punto de encuentro para la comunidad venezolana que reside en el estado. Con banderas, consignas y un silencio cargado de memoria, se reunieron para expresar lo que consideran un momento simbólico tras la captura de Maduro: no una celebración partidista, sino un acto de esperanza después de años de resistencia y duelo lejos de su tierra.
La concentración fue encabezada por Shirley Domínguez, quien explicó con claridad que el encuentro no respondía a intereses políticos externos, sino a la necesidad profundamente humana de nombrar el dolor y sostener la esperanza. Descalificar ese gesto no solo revela falta de empatía; evidencia una negación deliberada de la historia reciente y de la dignidad de quienes tuvieron que irse para seguir vivos.
Hablar de la liberación de Venezuela no es una consigna importada ni un capricho ideológico: es una exigencia ética. Liberar Venezuela significa restituir derechos elementales, devolver la voz a un pueblo secuestrado por el miedo y desmontar un sistema que normalizó el hambre, la persecución y el exilio como método de control. No se trata de imponer modelos ajenos, sino de permitir que los venezolanos decidan su destino sin coerción, sin presos políticos, sin elecciones simuladas y sin un poder concentrado que convirtió al Estado en herramienta de sometimiento.
Quienes cuestionan esa aspiración olvidan —o prefieren olvidar— una verdad elemental: ningún país expulsa a millones de sus ciudadanos por gusto. La migración masiva es la prueba más contundente del fracaso de un régimen. Liberar Venezuela es permitir que nadie tenga que huir para sobrevivir, que el exilio deje de ser la única salida digna y que regresar a casa vuelva a ser un derecho posible. Defender esa causa no es intervenir; es reconocer que la dignidad humana no tiene fronteras y que la indiferencia, también, es una forma de violencia.
La detención de Maduro no es el final de la historia ni la solución inmediata a una tragedia profunda, pero sí es un punto de quiebre. Es un pequeño paso que, por primera vez en mucho tiempo, camina en dirección al futuro. Un futuro que a los venezolanos les fue negado durante 26 años de tiranía, de promesas vacías, de poder concentrado y de una generación completa creciendo sin horizonte. No es justicia plena todavía, pero es señal de que la impunidad ya no es eterna. Y para un pueblo que aprendió a sobrevivir sin esperanza, recuperar la idea misma de futuro ya es, en sí misma, una forma de liberación.