El glaciar que se derrite, medios de comunicación y egos que también

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Mientras científicos alrededor del mundo observan con preocupación cómo el glaciar Hektoria, en la Antártida, se derrite a un ritmo alarmante, uno no puede evitar pensar en otro fenómeno igual de inevitable: el lento deshielo de los medios de comunicación tradicionales tal y como los conocimos. Aquellas enormes masas de hielo mediático que durante décadas parecían eternas, sólidas e intocables, hoy crujen por dentro. Y lo más curioso es que muchos todavía no escuchan el estruendo.

La velocidad con la que cambia el ecosistema digital dejó expuestos a muchos comunicadores que crecieron creyéndose indispensables. En Aguascalientes abundan los autoproclamados “líderes de opinión”, personajes que hablan como si gobernaran conciencias y definieran destinos políticos, cuando la realidad es mucho más simple y cruel: ya no existe el monopolio de la conversación pública. Las redes sociales pulverizaron los viejos altares del periodismo tradicional y hoy cualquier ciudadano con un celular puede romper una narrativa, exhibir una mentira o viralizar una verdad incómoda antes de que el conductor estrella termine de acomodarse el saco frente a cámara.

Lo verdaderamente preocupante no es que los medios tradicionales pierdan fuerza; eso es parte natural de la evolución tecnológica. Lo triste es observar la soberbia con la que muchos se resisten a aceptarlo. Siguen hablando desde la superioridad moral, como si fueran propietarios exclusivos de la verdad, en un estado donde la realidad demuestra que no hay nada para nadie. Ni los políticos controlan completamente la opinión pública, ni los empresarios dominan la conversación, ni los medios tienen garantizada la audiencia. Todo es momentáneo, líquido y efímero. Exactamente como el hielo que desaparece frente al calentamiento global.

Y lo digo también desde la humildad y la autocrítica. He tenido la oportunidad de dirigir un par de medios tradicionales y fundar otros tantos digitales, por lo que me ha tocado vivir este cambio desde dentro, siendo protagonista de una transformación que todavía muchos se niegan a aceptar. He visto cómo cambian las audiencias, cómo muta el consumo de información y cómo las nuevas generaciones ya no construyen credibilidad de la misma manera que hace veinte años. Aferrarse a los viejos modelos es como intentar detener el deshielo con las manos.

En Aguascalientes todavía hay quienes presumen números inflados, amistades con el poder o entrevistas pactadas como si eso los colocara en la cima del Olimpo mediático. Pero afuera de sus oficinas, si aún tienen, la audiencia cambió de hábitos. La gente consume fragmentos, reels, podcasts, transmisiones en vivo y opiniones espontáneas. Ya no esperan el noticiero nocturno para enterarse de algo. El público dejó de pedir permiso para informarse. Y eso derritió muchas coronas.

El glaciar Hektoria no se derrite por un solo factor; colapsa por acumulación de cambios ignorados durante años. Lo mismo sucede con los medios tradicionales. Se fueron alejando de la ciudadanía, encerrándose en egos, simulaciones y guerras internas por ver quién se sentaba más cerca del gobernante en turno. Mientras tanto, afuera, la conversación pública aprendió a caminar sola.

Quizá la lección más dura de esta época es comprender que nadie es imprescindible. Ni el político más poderoso. Ni el empresario más rico. Ni el conductor que se siente dueño de la opinión pública. Todo cambia. Todo se transforma. Y quienes no comprendan el nuevo modelo del negocio de la comunicación, quienes sigan atrapados en los fantasmas de las viejas glorias, terminarán derretidos como el hielo: enormes en apariencia, pero condenados a desaparecer lentamente frente a una realidad que ya cambió.