A Opinión del 25/3/24

El mito de Colosio oculta la violencia política actual en México, donde candidatos siguen siendo asesinados sin respuestas ni soluciones reales.

El mito de Colosio y la realidad de la violencia política en México

Cada 23 de marzo, los medios de comunicación y la clase política rinden homenaje a Luis Donaldo Colosio, el candidato presidencial del PRI asesinado en 1994 en un crimen que sigue envuelto en dudas y sospechas. A lo largo de los años, su figura ha sido mitificada, convirtiéndolo en un símbolo de la esperanza frustrada, en el gran reformador que pudo haber cambiado el rumbo de México. Sin embargo, la exaltación de su memoria ha servido más como un artificio conveniente que como un ejercicio genuino de reflexión sobre la violencia política en nuestro país.

Mientras la imagen de Colosio se eleva al nivel de mártir, el México actual enfrenta una realidad mucho más cruda: el asesinato sistemático de políticos y candidatos en todo el territorio nacional. En el proceso electoral más reciente, 17 de los 32 estados han sido escenario de estos crímenes, con Guerrero, Chiapas y Michoacán como epicentros de la barbarie. No se trata de casos aislados ni de simples ajustes de cuentas; es un patrón alarmante que demuestra que la violencia política no solo no ha desaparecido, sino que se ha recrudecido.

Las cifras son escalofriantes. La mayoría de los homicidios, un 92 %, ocurrieron en el ámbito municipal, afectando a todos los partidos políticos. El 43 % de las víctimas pertenecía a la coalición oficialista Sigamos Haciendo Historia, un 42 % al bloque opositor Fuerza y Corazón por México y el resto a Movimiento Ciudadano y fuerzas locales. Estas estadísticas superan con creces las 30 muertes de candidatos registradas en 2021 y las 24 de 2018, lo que confirma que la democracia mexicana sigue siendo rehén de la violencia.

Ante este escenario, surge una pregunta incómoda: ¿por qué se sigue glorificando el pasado mientras se ignora la tragedia del presente? El caso Colosio se mantiene vivo en la memoria colectiva, impulsado por documentales, discursos y producciones cinematográficas, pero las decenas de políticos asesinados en los últimos años apenas ocupan espacio en los titulares por más de un par de días. ¿Acaso la violencia política es menos relevante hoy que en 1994? ¿O es simplemente que aquellos en el poder prefieren explotar la nostalgia antes que enfrentar la cruda realidad?

El mito de Colosio es útil para muchos. Para el PRI, representa una oportunidad de reivindicación histórica. Para otros sectores, es un símbolo vacío que permite hablar de cambio sin comprometerse con él. Y para los medios de comunicación, es una historia con tintes épicos que vende. Pero detrás de esta conveniente mitificación se esconde una omisión peligrosa: el olvido de quienes siguen cayendo bajo las balas de un sistema que sigue sin garantizar elecciones libres de violencia.

No se trata de negar la relevancia del asesinato de Colosio ni de menospreciar lo que representó en su momento. Se trata de preguntarnos por qué su memoria ha sido tan manipulada mientras los crímenes actuales se normalizan. México no necesita más mártires, necesita respuestas y soluciones. Mientras la violencia siga siendo el precio a pagar por la política, cualquier discurso sobre democracia será una ilusión hueca. El verdadero homenaje a Colosio y a todas las víctimas de la violencia política no está en los discursos ni en las estatuas, sino en la construcción de un país donde no sea necesario morir para hacer política.

Al tiempo… y a su opinión.

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