El regreso del Tejuino

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La llamada llegó a las tres de la madrugada.

No era hora para buenas noticias.

El celular vibró sobre el buró y el resplandor de la pantalla iluminó el rostro cansado de El R8. Contestó sin mirar el número.

—¿Bueno?

Del otro lado se escuchó una respiración pesada.

—Compadre… soy El Negro.

Aquellas palabras bastaron para borrar cualquier rastro de sueño.

—¿Qué pasó?

Hubo un silencio.

—Salió.

El R8 cerró los ojos.

—¿Quién?

—El Tejuino.

Por primera vez en muchos años sintió que la sangre se le convertía en hielo.

La lluvia golpeaba las ventanas de la casa mientras escuchaba los detalles.

El Tejuino había abandonado prisión días atrás. Algunos contactos en Zacatecas aseguraban que estaba reuniendo gente. Otros afirmaban que preguntaba por rutas, domicilios y nombres.

Pero todos coincidían en una cosa.

Buscaba a El R8.

Y buscaba venganza.


El recuerdo regresó como una puñalada.

Aquel camino de terracería en Zacatecas.

El sol muriendo sobre los cerros.

El polvo levantándose detrás de la camioneta.

Y ella.

Su esposa.

La única persona que había logrado domesticar al hombre que llevaba dentro.

La emboscada fue rápida.

Profesional.

Tres camionetas cerraron el paso.

Disparos.

Cristales rotos.

Sangre.

Gritos.

El R8 alcanzó a responder el fuego, pero cuando todo terminó, ella estaba entre sus brazos.

Sin vida.

Con la mirada perdida hacia un cielo que jamás volvería a contemplar.

Durante meses creyó que se trataba de un simple ajuste de cuentas.

Hasta que descubrió la verdad.

La orden había salido de un solo hombre.

El Tejuino.

Un criminal ambicioso que buscaba expandir su dominio en la región y que veía a El R8 como un obstáculo imposible de comprar.

Entonces comenzó la cacería.

No fue una persecución de días.

Fue una guerra de años.

Desde ranchos abandonados hasta casas de seguridad.

Desde Zacatecas hasta Durango.

Desde brechas olvidadas hasta oficinas donde políticos corruptos protegían delincuentes.

Y cuando finalmente lo encontró, pudo haberlo matado.

Todos esperaban que lo hiciera.

Pero no.

Lo entregó vivo.

Lo puso frente a las autoridades.

Y observó cómo las rejas se cerraban detrás de él.

Aquella fue la victoria más amarga de su vida.

Porque ninguna sentencia podía devolverle a su esposa.


Ahora el monstruo estaba libre.

Y venía por él.

El Negro llegó a Aguascalientes al amanecer.

Traía malas noticias.

—No viene solo.

—¿Cuántos?

—Los suficientes para hacer ruido.

El R8 observó por la ventana la ciudad despertar.

Las avenidas comenzaban a llenarse.

Los trabajadores salían rumbo a sus empleos.

Los estudiantes caminaban hacia sus escuelas.

Todos ignoraban la tormenta que se acercaba.

—Entonces que venga —dijo finalmente.


Mientras tanto, a cientos de kilómetros, en la capital del país, otra amenaza crecía en silencio.

No era una banda común.

No eran simples ladrones.

Era una organización poderosa que había comprendido algo peligroso.

El dinero compra armas.

Pero el poder compra impunidad.

Y por eso comenzaban a infiltrarse en los círculos políticos.

Asesores.

Operadores.

Financistas.

Candidatos.

Funcionarios.

Las fronteras entre el crimen y el gobierno empezaban a borrarse.

Los expedientes desaparecían.

Las investigaciones se congelaban.

Los contratos públicos terminaban en manos equivocadas.

Y quien se atrevía a denunciarlo encontraba amenazas en lugar de respuestas.

Desde una oficina oscura, El Tejuino observaba aquel fenómeno con admiración.

Sabía que el futuro pertenecía a quienes podían controlar tanto la calle como los escritorios.

Pero antes de pensar en el futuro tenía un asunto pendiente.

Un nombre.

Un rostro.

Una deuda.

El R8.


Aquella noche, bajo el cielo de Aguascalientes, El R8 limpió lentamente una vieja fotografía.

La imagen mostraba a su esposa sonriendo.

La guardó dentro de la chamarra.

No buscaba venganza.

La venganza ya había consumido demasiados años de su vida.

Buscaba justicia.

Y sabía que a veces la justicia llega caminando por la puerta principal.

Otras veces llega escondida entre las sombras.

Afuera, el viento comenzó a soplar.

En algún punto de la carretera, El Tejuino avanzaba hacia la ciudad.

Y ambos sabían que tarde o temprano volverían a encontrarse.

Porque algunas historias no terminan cuando cae la sentencia.

Terminan cuando los fantasmas finalmente dejan de perseguir a los vivos.

Y para El R8, aquella noche, los fantasmas acababan de despertar.

(Continuará)

¡Escucha el corrido de la historia! de las aventuras de El R8