Hay políticos que entienden cuándo retirarse con dignidad y hay otros que viven atrapados en la nostalgia del poder. Ver al exgobernador Martín Orozco Sandoval desempolvar expedientes contra Pepe Morales no parece un acto de justicia tardía ni de congruencia política; parece, más bien, un desesperado intento de volver a existir en la conversación pública. Porque cuando un personaje necesita regresar constantemente al pasado para llamar la atención, quizá lo que realmente está exhibiendo es que ya no tiene nada nuevo qué ofrecer, ni mucho menos algo sólido que defender de su propia administración.
Y es inevitable recordar aquellos años donde la relación con la prensa se convirtió en un espectáculo nacional de soberbia y pésimo manejo político. Aguascalientes pasó de presumir estabilidad institucional a convertirse en tema nacional por las demandas contra periodistas y medios de comunicación. Muchos fuimos testigos de aquella etapa donde el control de daños era inexistente y donde figuras como Jorge López terminaron simbolizando un modelo de comunicación basado más en la confrontación y el enojo que en la inteligencia política. La prensa no olvida fácilmente cuando el poder intenta intimidarla. Menos aún cuando aquello terminó siendo una quemada pública innecesaria para el estado.
Resulta curioso que, años después, siga existiendo ese afán de generar ruido alrededor de la actual gobernadora, como si la política estatal no pudiera avanzar mientras ciertos personajes no aparezcan periódicamente tratando de recuperar reflectores. Pero la realidad suele ser cruel con quienes no saben leer los tiempos. Ahí están los ejemplos de Felipe González González o Carlos Lozano, que entendieron que la mejor manera de conservar presencia era no aferrarse todos los días al escenario. Incluso otros actores políticos han optado por seguir adelante sin necesidad de vivir permanentemente en la confrontación pública.
Porque también basta observar cómo Luis Armando Reynoso Femat intenta una y otra vez regresar al centro del tablero político. Y aunque mantiene presencia mediática, la realidad es que sus apariciones terminan quedándose en eso: intentos. La política cambia, las generaciones cambian y la gente también se cansa de los mismos pleitos reciclados. A veces, el mayor acto de inteligencia política no es regresar a pelear batallas viejas, sino aceptar que el tiempo ya puso a cada quien en el lugar que le corresponde.
El problema de vivir desde el odio y el rencor es que termina convirtiendo a los actores políticos en comentaristas de su propio pasado. Y mientras algunos siguen intentando ajustar cuentas pendientes, el estado continúa avanzando con nuevos retos, nuevas crisis y nuevas exigencias ciudadanas. La sociedad difícilmente quiere volver a los tiempos donde el escándalo permanente era la única estrategia de comunicación. Porque gobernar no es perseguir fantasmas. Gobernar es construir futuro.
Al tiempo… y a su opinión.