El Templo de San Marcos: el corazón que le dio nombre a la Feria

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Fotos: Roberto González

Hay templos que solo se visitan. El de San Marcos, en cambio, se vive. Basta pararse frente a su fachada, con la algarabía del jardín de fondo y el eco lejano de un mariachi que ensaya para la noche, para entender por qué este rincón del Barrio de San Marcos es, para muchos hidrocálidos, el verdadero centro simbólico de Aguascalientes —aunque la Plaza de la Patria se lleve los reflectores oficiales.

La historia del recinto se remonta al origen mismo del barrio que lo rodea. En 1604, un grupo de indígenas asentados en lo que entonces se conocía como el Pueblo Nuevo de Indios de San Marcos levantó aquí un primer templo, apenas unos años después de que terminara la Guerra Chichimeca. Pero la construcción del edificio que hoy admiramos no arrancó sino hasta 1655, por encargo del doctor Manuel Colón de Larreategui, y ahí empezó una obra que se estiró —con interrupciones incluidas— durante más de cien años, hasta que finalmente se dio por concluida entre 1755 y 1765, según las distintas fuentes que documentan su historia.

Ese siglo de obra inconclusa no es un dato menor: explica, en buena medida, el carácter mestizo de su arquitectura, resultado de generaciones distintas de canteros y maestros que fueron dejando su huella sin perder de vista un mismo estilo.

La fachada del Templo de San Marcos es, sin exagerar, una de las expresiones más logradas del barroco churrigueresco en la ciudad. Su torre-campanario y el frontispicio están tallados en cantera rosa, ese material que tanto caracteriza al centro histórico hidrocálido, y que aquí adquiere una textura casi de encaje: columnas salomónicas, nichos, relieves vegetales y una profusión ornamental que invita a quedarse un buen rato solo mirando hacia arriba.

Al entrar, el altar mayor recibe al visitante con la imagen de la Virgen del Carmen y una escultura de San Marcos evangelista, patrono que da nombre tanto al templo como al barrio y, por extensión, a la feria más importante del estado. Un llamativo vitral dedicado a la Virgen del Carmen ilumina el interior con una luz que cambia de tono según la hora del día. Junto al templo se encuentra además la Capilla de Nuestra Señora del Pueblito, un espacio más íntimo que suele pasar inadvertido para quien solo busca la foto rápida.

Ningún recorrido por el templo está completo sin cruzar al Jardín de San Marcos, trazado desde 1831 y diseñado con cuatro accesos orientados hacia los puntos cardinales. Este jardín —convertido con el paso de las décadas en el escenario principal de la Feria Nacional de San Marcos— es hoy el espacio público más visitado de Aguascalientes, y funciona como el gran patio de butacas del templo: bancas de hierro forjado, laureles centenarios y ese ir y venir constante de familias, novios recién casados saliendo de misa, y turistas que llegan atraídos por el nombre de la feria sin saber, muchas veces, que el templo que le dio origen tiene más de trescientos años de historia.

Caminar del Jardín de San Marcos al templo, y de ahí a la Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Asunción en la Plaza de la Patria, toma apenas unos quince minutos a pie, lo que convierte a esta zona en el eje natural de cualquier visita al casco histórico de la ciudad. Para el visitante que llega en abril, cuando la Feria se apodera de calles y jardines, el templo ofrece algo que ninguna atracción ferial puede igualar: el silencio de la piedra centenaria, testigo de cuatro siglos de vida hidrocálida, justo a espaldas del bullicio.

Como suele decirse entre quienes conocen bien la ciudad: si no se visita la iglesia de San Marcos, difícilmente puede decirse que se conoció Aguascalientes.