El Último Guardia de Madero
En 1990, el agente Raúl Camargo frustró un violento asalto bancario en la Avenida Madero, enfrentando criminales con valentía.

Aguascalientes, 1990. La ciudad aún dormía bajo el sol de la mañana cuando el agente Raúl Camargo ajustó su cinturón y bajó de su patrulla para tomar su habitual café en una fonda de la Avenida Madero. Eran tiempos duros para la seguridad; los asaltos a bancos estaban en aumento, y los rumores apuntaban a que un gran golpe estaba por ocurrir.
Mientras sorbía su café negro, un estruendo rompió la tranquilidad del día. Un camión de volteo se estrelló contra la fachada del Banco de Aguascalientes, rompiendo cristales y esparciendo polvo y ladrillos por la calle. Del vehículo saltaron cinco hombres armados con pasamontañas y rifles AK-47. Raúl dejó caer su taza y desenfundó su pistola de cargo.
—¡Todos al suelo! —gritó uno de los delincuentes mientras otro detonaba su arma al aire.
La gente corrió en todas direcciones, algunos se refugiaron detrás de los autos estacionados, otros se tiraron cuerpo a tierra. Raúl, sin esperar refuerzos, se cubrió tras un poste y evaluó la situación. Los asaltantes obligaban a los empleados a llenar bolsas con billetes mientras dos más vigilaban la entrada.
Sacó su radio.
—¡Asalto en proceso en Madero! Cinco hombres armados, necesito apoyo inmediato.
El operador respondió afirmativamente, pero Raúl sabía que en esos minutos críticos todo dependía de él. Con un movimiento rápido, disparó a las llantas del camión para impedir su escape. Un asaltante se giró y abrió fuego en su dirección, impactando un parabrisas cercano.
Raúl rodó hasta un puesto de periódicos y disparó nuevamente, hiriendo a uno de los criminales en la pierna. La respuesta fue una lluvia de balas que perforó la madera y los periódicos, llenando el aire de papel volando.
Los gritos de sirenas comenzaron a llenar la avenida. Los asaltantes, desesperados, tomaron a una cajera como rehén. El líder, un hombre alto y robusto, la sostuvo del cuello con un arma en la cabeza.
—¡Déjanos ir o la mato! —rugió.
Raúl supo que no podía negociar con ellos. Levantó su arma y, con un tiro preciso, impactó en la mano del asaltante, haciendo que soltara la pistola. La cajera se desmayó del susto, pero estaba ilesa.
Los demás delincuentes intentaron huir, pero los refuerzos ya los rodeaban. En cuestión de segundos, quedaron sometidos contra el suelo, esposados y maldiciendo su mala suerte.
El agente Raúl Camargo respiró hondo mientras los oficiales aseguraban la zona. Sus manos aún temblaban por la adrenalina. Un superior se le acercó y le dio una palmada en la espalda.
—Bien hecho, Camargo. Nos debes un café.
Raúl sonrió y se limpió el sudor de la frente. Sabía que, al menos por hoy, la ciudad estaba un poco más segura.
-Esta fue una historia de ficción policíaca de la Ciudad de Aguascalientes-