La Ciudad no Duerme

Un detective privado investiga cuatro casos criminales mientras rechaza la tentadora invitación de una mujer hermosa. Trabajo primero, placer después.

Era una noche pesada en la oficina. El ventilador hacía un ruido monótono mientras las hojas de los expedientes se apilaban frente a mí. No era el caso más emocionante de mi carrera, pero tenía trabajo que hacer. Aguascalientes no dormía y yo tampoco.

El primer expediente detallaba la detención de un joven en el fraccionamiento Morelos I. Alan “N”, 23 años, atrapado con las manos en la masa dentro de una combi Volkswagen del 74. Bocinas, herramientas, cables… lo que pudo agarrar en un intento desesperado de robar algo de valor. La policía lo encontró antes de que pudiera huir. Mala suerte, chico.

Luego estaba el caso de Alberto “N”, 33 años, detenido en el fraccionamiento Municipio Libre. Su historial era más oscuro. Delitos contra la salud, una orden de aprehensión desde febrero. Lo atraparon en una esquina cualquiera, en una mañana cualquiera. Ahora su destino estaba en manos del Ministerio Público.

El tercer expediente hablaba de Isaías “N”, 20 años. Lo encontraron en el fraccionamiento México con 11.7 gramos de cristal en bolsitas de plástico. Pequeño traficante, grandes problemas. Otra pieza en el rompecabezas de la droga en la ciudad.

El último archivo era el más pesado. Abraham “N”, 46 años, detenido en Tulsa, Oklahoma, por homicidio doloso en riña. Golpeó a un hombre en 2021, lo hizo caer y la muerte lo reclamó días después. Se dio a la fuga, pero la justicia lo alcanzó. INTERPOL, U.S. Marshals… una cacería internacional. Ahora enfrentaba un proceso judicial con prisión preventiva.

Un suave golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos.

—¿Aún sigues aquí, detective? —Era ella, la mujer con la mirada más cautivadora y la sonrisa más peligrosa que había visto en mi vida.

—Así es, aún sigo aquí —respondí sin levantar la vista de los expedientes.

—¿No te cansas de leer sobre criminales? Ven conmigo, tomemos un trago.

El aroma de su perfume me tentaba tanto como la oferta. Pero el deber era el deber.

—Lo siento, preciosa, pero esta ciudad no se limpia sola.

Ella suspiró, apoyándose en el umbral de la puerta con un aire de resignación.

—Algún día, detective, vas a darte cuenta de que el trabajo nunca termina, pero las oportunidades sí.

Dicho eso, se alejó, dejándome con mis expedientes y mi café frío. Tenía razón, pero esta noche, la justicia tenía prioridad sobre el placer.

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