La costumbre de jugársela con el tren

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Hay una frase que se repite con demasiada frecuencia en los reportes de accidentes ferroviarios en México: “intentó ganarle el paso al tren”. No es una expresión casual ni un eufemismo. Describe una decisión que, una y otra vez, termina en tragedia.

En Pabellón de Arteaga volvió a ocurrir un accidente de consecuencias devastadoras. El martes 27 de octubre, poco antes de las seis de la tarde, un ferrocarril embistió un automóvil en el cruce de las calles Irrigación e Ignacio Zaragoza, en el Barrio de Carboneras, y lo arrastró varios metros. Murieron dos menores de edad; la conductora y otro menor resultaron gravemente heridos. Las autoridades investigan las circunstancias del accidente y no corresponde adelantarse al resultado del peritaje. Lo que sí sabemos es que dos vidas se perdieron y una familia quedó marcada por una tragedia irreparable.

Los números confirman que no se trata de casos aislados. Entre 2020 y 2025, la Agencia de Trenes y Transporte Público Integrado (ATTRAPI) registró 7,969 reportes de seguridad operativa en el sistema ferroviario mexicano. De ellos, 4,316, equivalentes al 54.16%, correspondieron a incidentes en cruces a nivel, donde las vías ferroviarias se encuentran con calles o carreteras. Esta categoría comprende distintos tipos de siniestros y no debe confundirse exclusivamente con colisiones entre trenes y automóviles. Tan solo en 2025 se registraron 727 incidentes en esos cruces, de acuerdo con las estadísticas del organismo.

La Asociación Mexicana de Ferrocarriles, que agrupa a las empresas del sector, sostiene que muchos de estos incidentes pudieron evitarse mediante el manejo preventivo y el respeto a las medidas de seguridad. El señalamiento es pertinente, pero también obliga a examinar las condiciones en las que se realizan esos cruces.

En el municipio de Aguascalientes, entre 2017 y octubre de 2026, la Secretaría de Seguridad Pública Municipal contabilizó 90 accidentes relacionados con el tren, con 27 personas fallecidas. La dimensión del problema resulta evidente: prácticamente un accidente cada cinco o seis semanas durante ese periodo. Y esas cifras corresponden únicamente a la capital; los riesgos también están presentes en Pabellón de Arteaga, Rincón de Romos, San Francisco de los Romo y otras localidades atravesadas por las vías ferroviarias.

Preocupa tanto la recurrencia de estos accidentes como la normalización de una conducta peligrosa. “Ganarle al tren” se ha vuelto una práctica arraigada. Se hace por prisa, por confianza excesiva, porque “ya he cruzado antes”, porque el silbato suena lejos o porque se cree que el maquinista frenará. Se ignora, o se prefiere ignorar, que un tren de carga necesita cientos de metros para detenerse. No puede desviar su trayectoria. No puede reaccionar como un automóvil.

Pero la imprudencia individual no agota el problema. Atribuirlo todo a la conducta de los automovilistas deja sin responder preguntas fundamentales: ¿cuántos cruces cuentan con barreras?, ¿cuántos tienen semáforos y señalización funcional?, ¿quién verifica que esos dispositivos operen correctamente?, ¿quién responde cuando no lo hacen?

La infraestructura ferroviaria también debe someterse a evaluación. No basta con exigir prudencia a los conductores si no se garantiza que los puntos de encuentro entre las vías y las calles ofrezcan condiciones adecuadas de seguridad. Esto no significa afirmar que una falla de infraestructura provocó el accidente de Pabellón de Arteaga; determinar sus causas corresponde a las autoridades. Significa reconocer que la prevención exige responsabilidades compartidas entre automovilistas, operadores ferroviarios y autoridades competentes.

La educación vial merece una revisión semejante. Respetar las señales de tránsito es indispensable, pero también lo es comprender que un ferrocarril tiene características físicas que hacen imposible una maniobra evasiva o un frenado inmediato. Esa información debe formar parte de campañas permanentes de prevención, particularmente en las comunidades donde los cruces ferroviarios son parte de la vida cotidiana.

México necesita conocer con precisión dónde ocurren estos incidentes, cuáles son sus causas y qué medidas se adoptan para prevenirlos. La publicación periódica de estadísticas es necesaria, pero también lo es contar con diagnósticos sobre las condiciones de los cruces y el cumplimiento de las obligaciones de mantenimiento y supervisión. Los datos deben servir para identificar riesgos y corregirlos, no solamente para contabilizar tragedias.

Hacen falta medidas concretas: barreras y señalización en los cruces de mayor riesgo, mantenimiento verificable de los dispositivos existentes, información pública sobre las condiciones de seguridad, campañas permanentes y sanciones efectivas para quienes incumplan sus obligaciones. La prevención debe involucrar tanto a quienes conducen como a quienes operan y supervisan la infraestructura.

La muerte de dos menores en Pabellón de Arteaga exige una investigación rigurosa, pero también una reflexión que trascienda ese expediente. No podemos acostumbrarnos a que cada accidente ferroviario se convierta en una noticia de unas cuantas horas para después esperar el siguiente.

Mientras sigamos normalizando que “a veces se le puede ganar”, y mientras las condiciones de seguridad de los cruces no sean una prioridad permanente, el riesgo seguirá presente. La física no negocia. El tren no frena a tiempo.

Al tiempo… y a su opinión