PARTE 1 I La leyenda del jinete de los caminos de la plata

Parte 1. La leyenda del jinete de los caminos de la plata. Una hacienda colonial, un amor prohibido y un jinete espectral recorriendo los caminos de plata para reclamar lo perdido.

En el corazón del valle que más tarde sería llamado Aguascalientes, bajo un cielo límpido y un aire que olía a tierra y mezquite, se alzaba la Hacienda de San Cristóbal del Camino Real, una de las más prósperas de los llamados caminos de tierra adentro.
Su dueño, Don Sebastián de Arellano, era un hombre de porte altivo, espaldas anchas y mirada segura, curtida por la cacería y los viajes a caballo por sus vastas tierras. Dueño de varias haciendas, no había en leguas a la redonda quien no lo conociera.

A su lado, como joya más preciada, estaba Doña Isabela de la Serna y Guzmán, alta, esbelta, de un cuerpo que parecía dibujado por el arte de un pintor flamenco. Su piel clara brillaba al sol y su cabellera rizada, dorada con destellos negros, caía como cascada sobre sus hombros. Su linaje venía de familias de abolengo de la capital del virreinato; en sus movimientos había una gracia natural que recordaba a las damas de la corte.

En la hacienda, el mundo se organizaba con precisión: los peones trabajaban la tierra, los acasillados vivían en pequeñas casas de adobe dentro de los linderos, el capataz, Don Hilario, controlaba cada jornada con voz fuerte, y el administrador, Don Prudencio, llevaba en gruesos libros de piel el registro de las cosechas, el ganado y las deudas. Zapateros, herreros, talabarteros y cocineras completaban la vida de aquella microciudad colonial.

Todo marchaba en perfecta armonía… hasta el día de la gran fiesta de San Bartolomé, cuando a la hacienda llegaron carruajes desde la Ciudad de México cargados de invitados de renombre: hacendados, mineros y familias de sangre limpia. La música de arpa y violines llenaba el patio, el olor a mole poblano y a mezcal fresco se mezclaba con las risas y el repicar de copas.

Entre los invitados, uno llamó la atención de todos: un joven de porte modesto pero mirada firme, vestido con un jubón oscuro y manos que delataban un oficio distinto al campo. Venía acompañado por un comerciante de la capital, y pronto se supo su nombre: Gabriel Méndez.

Doña Isabela, al verlo, sintió un extraño estremecimiento. Don Sebastián frunció el ceño cuando el administrador se acercó y murmuró:
—Señor… este joven nació aquí, en nuestras tierras. Su madre era artesana… la costurera Juana Méndez.

La noticia corrió como viento entre los corrillos de damas y caballeros. Se decía que Gabriel había dejado la hacienda siendo un niño, para ir a la capital a aprender el arte de la imprenta, oficio que dominaba con maestría.

En medio del baile, Gabriel se acercó a Doña Isabela con una reverencia.
—Vuestra merced… no me recordará, pero yo la vi cuando era apenas un niño. Usted paseaba por los jardines mientras mi madre bordaba para la señora su madre.

Isabela lo miró con curiosidad y un dejo de nostalgia.
—¿Y qué le trae de vuelta a San Cristóbal? —preguntó, mientras Don Sebastián, desde lejos, los observaba con gesto endurecido.

Gabriel bajó la voz.
—He regresado con algo que quizá no guste a todos… pero la verdad no se calla eternamente. En mis manos guardo papeles, documentos que prueban que parte de estas tierras fueron tomadas… de manera poco justa.

Isabela sintió que el piso se le movía.
—Está jugando con fuego, don Gabriel. Aquí las verdades no siempre traen justicia… y a veces traen muerte.

La música seguía, pero en los ojos de Sebastián crecía la sospecha y la ira. Don Prudencio, el administrador, se le acercó y susurró:
—Señor, el muchacho no debe quedarse… sabe demasiado.

La noche avanzó entre brindis y miradas tensas. El joven impresor se mezclaba entre los invitados, dejando caer frases veladas sobre “la herencia de los pueblos” y “la voz de la verdad”. Isabela, atrapada entre su deber como esposa y un impulso inexplicable de protegerlo, sabía que aquella fiesta marcaría el inicio de un conflicto que no acabaría bien.

Porque en los caminos de tierra adentro, la riqueza y el poder no toleraban sombras… y esa noche, bajo la luz de las antorchas, una sombra había vuelto para reclamar lo suyo.

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