La melodía del corazón en Villas de Nuestra Señora de la Asunción
Ángel, un pianista ciego, y Josefina desafían la oposición familiar, enfrentan un accidente y construyen un amor eterno en Villas de Nuestra Señora de la Asunción

En la ciudad de Aguascalientes, donde el sol baña las calles con un resplandor dorado y el viento arrastra el aroma de los jardines, vive Ángel, un talentoso pianista ciego. Desde niño, su mundo estuvo envuelto en sombras, pero en la música encontró una luz que iluminaba su vida de manera única. Su madre solía decirle que sus dedos podían ver lo que sus ojos no, y él creyó en eso con todo su ser.
Cada tarde, en el restaurante de Don Manolo, Ángel tocaba el piano, y su música atrapaba a los transeúntes. Entre ellos estaba Josefina, una joven de espíritu libre y sonrisa luminosa, que se había convertido en su oyente más fiel. No sabía por qué, pero aquella música la hacía sentir cosas que nunca antes había experimentado.
Un día, después de varias semanas de escucharlo en secreto, Josefina se armó de valor y se acercó.
—Tocas como si hablaras con el alma —le dijo con timidez.
Ángel sonrió.
—Es porque toco para quien se detiene a escuchar de verdad.
Desde entonces, cada tarde se encontraban en el restaurante. Entre notas y palabras compartidas, nació un amor tan intenso como inesperado. Pero su felicidad no tardó en encontrar obstáculos.
Cuando Josefina confesó su amor por Ángel a su familia, el rechazo fue inmediato. Su padre, un hombre de ideas firmes, insistió en que ella merecía un esposo que pudiera brindarle seguridad.
—Un hombre ciego no puede cuidar de una familia, Josefina. Piensa en tu futuro —le advirtió con dureza.
La madre de Ángel tampoco estaba convencida. Aunque amaba a su hijo, temía que él sufriera si algún día Josefina decidía irse.
—No quiero que te rompan el corazón, hijo —le dijo con tristeza.
Pero ni las palabras de advertencia ni las miradas de desaprobación lograron apagar el amor que sentían. Decidieron casarse en secreto.
La noche antes de su boda, ocurrió algo que puso todo en peligro. Ángel iba caminando hacia casa cuando escuchó un grito desgarrador. Alguien pedía ayuda. Siguiendo su instinto, corrió hacia el sonido y encontró a un niño atrapado entre los escombros de una vieja construcción que se había derrumbado parcialmente.
Sin pensarlo dos veces, se lanzó a ayudarlo, guiado solo por su oído y su tacto. Logró sacarlo a tiempo, pero en el proceso una viga cayó sobre su brazo derecho.
Cuando Josefina llegó al hospital y lo vio vendado y con el brazo inmovilizado, su corazón se encogió. Los médicos dijeron que necesitaría meses de terapia y que, tal vez, nunca volvería a tocar el piano como antes.
—No quiero que cargues con esto —le dijo Ángel, con lágrimas—. Si me dejas, lo entenderé.
Pero Josefina tomó su rostro entre sus manos y le susurró:
—No me enamoré de tus manos, sino de tu alma.
Esa misma noche, en una pequeña capilla, con solo unos pocos amigos como testigos, se casaron. No hubo una gran fiesta ni la aprobación de sus familias, pero sí una promesa inquebrantable.
Con esfuerzo y amor, Ángel logró recuperar la movilidad de su brazo. Aunque al principio le costaba tocar, Josefina estuvo a su lado en cada ensayo, en cada intento. Su amor lo sostuvo cuando la desesperación amenazaba con vencerlo.
Ahora, en su hogar en Villas de Nuestra Señora de la Asunción, cada noche el sonido del piano sigue llenando el aire. Ángel toca, y Josefina escucha, con la misma devoción de aquel primer día que se conocieron. Porque su amor, probado por la adversidad, se convirtió en una melodía eterna que ni el tiempo ni las dificultades pudieron apagar.