A Opinión del 5/2/25
La cancelación del concierto de Óscar Maydon en Aguascalientes tras amenazas de muerte plantea preguntas sobre el papel de los narcocorridos y su posible apoyo a organizaciones terroristas, especialmente ante la propuesta de Trump de clasificar a los cárteles como tales.

La nueva era trumpista y los narcocorridos: ¿Un canto a favor del terror?
La madrugada del 4 de febrero de 2025, la ciudad de Aguascalientes despertó sacudida por una serie de amenazas de muerte contra el cantante de narcocorridos Óscar Maydon. Las mantas colocadas en diversos puntos de la ciudad anunciaban una clara advertencia: su presencia en la ciudad, en el marco de un concierto programado para el 20 de febrero, no era bien recibida. Ante el riesgo, Maydon decidió cancelar su presentación. Este incidente pone de manifiesto el peligro que enfrentan los artistas de este género, cuya popularidad ha ido de la mano con la creciente violencia del narcotráfico en México.
El narcocorrido, una expresión de la cultura popular mexicana profundamente arraigada, ha sido durante décadas una forma de documentar y, en muchos casos, de glorificar las historias vinculadas al narcotráfico. A través de letras que relatan anécdotas de los narcotraficantes, sus hazañas, traiciones y momentos de poder, el narcocorrido ha formado parte de la vida cotidiana de muchos mexicanos. Sin embargo, este género musical ha llegado a ser uno de los más controvertidos. Las historias de narcos que Chalino Sánchez y otros artistas como Óscar Maydon no son de lucha ni resistencia, sino relatos sobre figuras del narcotráfico que, muchas veces, son presentadas casi como héroes. Este enfoque parece naturalizar y normalizar un estilo de vida basado en la violencia, la ilegalidad y la impunidad.
En este contexto, es interesante plantearnos una pregunta inquietante: ¿pueden estos narcocorridos ser vistos como un canto de apoyo a organizaciones terroristas? Con la reciente propuesta del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, de clasificar a los carteles mexicanos como “organizaciones terroristas extranjeras”, este tema cobra relevancia. El narcotráfico en América Latina no solo ha generado consecuencias devastadoras en las comunidades, sino que también ha traspasado fronteras, convirtiéndose en un fenómeno transnacional que afecta tanto a Estados Unidos como a muchos países latinoamericanos. En este sentido, Guadalupe Correa-Cabrera, profesora de políticas de gobierno de la Universidad George Mason, señala que “estas redes son transnacionales” y su alcance no solo incluye a los carteles mexicanos, sino también a grupos como la Mara Salvatrucha y el Tren de Aragua, lo que pone en evidencia la magnitud global de esta amenaza.
La propuesta de Trump no solo busca sancionar económicamente a estos grupos, sino también congelar sus activos, cancelar visas y aplicar procesos judiciales. La intención de esta medida es combatir la influencia de estos grupos, que, al igual que las organizaciones terroristas, operan con estructuras clandestinas, generando un gran impacto en la seguridad internacional. Es aquí donde el narcocorrido, al exaltar la figura del narcotraficante y sus logros, se convierte en un punto de debate crucial: ¿está la música de Chalino Sánchez y otros artistas glorificando una forma de terrorismo? Aunque no hay una relación directa con la ideología terrorista, los narcocorridos tienen el poder de legitimar y reforzar el control social de los carteles, cuyo poder es, en muchos aspectos, tan destructivo y temido como el de organizaciones terroristas.
Este fenómeno plantea una contradicción dentro de la cultura popular mexicana. Los narcocorridos, que han sido una forma de expresión tradicional del pueblo, se han ido transformando en una herramienta que, más que representar, promueve un modelo de vida basado en el crimen organizado. En lugar de reflexionar sobre las consecuencias del narcotráfico, muchos de estos corridos glorifican sus aspectos más oscuros: el poder, la violencia, la traición y, en ocasiones, la justicia tomada por manos propias. De hecho, en ciudades como Cancún, las autoridades ya han tomado medidas al prohibir conciertos de corridos tumbados por considerarlos un foco de violencia. La creciente preocupación sobre el impacto de estos géneros musicales en la juventud es un reflejo de los temores que se tienen sobre la normalización de la violencia en la sociedad.
Si bien los narcocorridos no se deben entender exclusivamente como un apoyo explícito a las organizaciones terroristas, su impacto en la percepción colectiva no puede ser ignorado. Las canciones de Chalino Sánchez, por ejemplo, no son relatos de lucha o resistencia, sino crónicas sobre el mundo del narcotráfico, donde las figuras del narco son aclamadas como figuras de poder. La pregunta es si esta glorificación de los narcotraficantes, más que una representación de la realidad, no está enmascarando una forma de admiración hacia un grupo cuya actividad es, en última instancia, tan destructiva como la de cualquier organización terrorista.
En este contexto, las medidas que propone Trump al clasificar a los carteles como terroristas no solo buscan detener sus actividades ilícitas, sino también poner en evidencia la forma en que la cultura popular puede contribuir, de manera inadvertida, a la construcción de una narrativa que favorece a estos grupos. Los narcocorridos, al ser tan populares, alimentan una cultura que, lejos de cuestionar las estructuras de poder que estos carteles representan, las legitima y las convierte en objetos de culto.
La relación entre el narcotráfico, la cultura y la violencia es cada vez más evidente. Si los carteles operan como organizaciones terroristas en el sentido más amplio, entonces es pertinente cuestionar si los narcocorridos, al igual que otras formas de propaganda, no terminan siendo una herramienta más en su arsenal, no de violencia física, sino de influencia cultural. Y si este es el caso, entonces la comparación con el apoyo a grupos terroristas no está tan lejos de la realidad como podría parecer. La reflexión está abierta y el debate, más vigente que nunca.
Al tiempo… y a su opinión.