Los Baños Termales de Ojocaliente: memoria viva de Aguascalientes

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Hay lugares que no solo se visitan, se heredan. Los Baños Termales de Ojocaliente son uno de ellos: un rincón de la ciudad de Aguascalientes donde el agua caliente que brota del subsuelo ha acompañado, sin interrupción, más de dos siglos de vida cotidiana, fiestas, epidemias, revoluciones y descanso. Entender este balneario es, de alguna manera, entender por qué la ciudad se llama como se llama.

Antes de ser un destino turístico, Ojocaliente fue una razón de asentamiento. Aguascalientes recibe su nombre de las dieciséis fuentes termales que originalmente brotaban en la región, de las cuales hoy solo quedan dos activas, y una de ellas es precisamente la que alimenta este balneario. Es decir: el nombre mismo del estado está escrito en el vapor que sube de estas tinas cada mañana. Pocas ciudades mexicanas tienen una relación tan directa —casi literal— entre su topónimo y un sitio que todavía puede visitarse y tocarse.

La historia documentada de los baños comienza en 1808, cuando se construyeron dentro de los terrenos de la Hacienda de Ojocaliente, originalmente para uso privado de sus dueños. No fue sino hasta 1831 cuando el coronel José María Rincón Gallardo obtuvo el permiso para edificarlos formalmente y abrirlos al público.

Ese momento no fue casual. México atravesaba entonces brotes de viruela, y las autoridades de la época promovían activamente una nueva cultura de higiene personal, recomendando bañarse al menos una vez por semana, cuando lo habitual hasta entonces era hacerlo apenas una vez al mes. Los baños de Ojocaliente, junto con los históricos Baños de Los Arquitos —construidos por el ayuntamiento desde 1821 y surtidos también del manantial de Ojocaliente—, formaron parte de ese giro higienista que transformó la vida urbana en el México independiente.

Al mismo tiempo, Aguascalientes vivía un despegue económico y social: se construía un parián comercial, se celebraba desde 1828 la feria anual que con el tiempo se convertiría en la Feria Nacional de San Marcos, y se levantaba el Jardín de San Marcos. El coronel Gallardo, cuentan las crónicas locales, entendió que abrir sus baños al público resultaría más rentable que seguir vendiendo maíz. Así, un cálculo comercial de principios del siglo XIX terminó por regalarle a la ciudad uno de sus símbolos más perdurables.

Lo que distingue a Ojocaliente no es solo su antigüedad, sino su naturaleza. El agua emerge de forma natural del subsuelo, sin necesidad de calderas, con temperaturas que oscilan entre los 32°C y los 40°C, y es rica en minerales como calcio, magnesio y sodio, tradicionalmente valorada para aliviar dolores musculares, estrés, artritis y reumatismo. Durante buena parte del siglo XIX se edificaron ahí dieciocho baños individuales, cada uno bautizado con el nombre de un santo —Jesús Nazareno, La Purísima, San Francisco, entre otros— y alimentado por veneros propios con distintas temperaturas.

El complejo actual conserva ese espíritu artesanal y ampliado: cuenta con treinta y un baños individuales entre tinas, tanques, chapoteaderos y una alberca familiar. Y su arquitectura —neoclásica con toques franceses— es en sí misma un documento histórico: hablar de estilo francés en una construcción decimonónica del centro de México es hablar de las aspiraciones cosmopolitas de las élites porfirianas, que veían en París el ideal de modernidad.

Los muros de Ojocaliente han visto pasar algo más que bañistas comunes. Durante la Convención de Aguascalientes de 1914 —uno de los episodios más tensos de la Revolución Mexicana, cuando las facciones revolucionarias intentaron, sin éxito, ponerse de acuerdo sobre el futuro del país— algunos revolucionarios aprovecharon la ocasión para escaparse a tomar un baño reparador. La tradición oral local añade que Francisco Villa acudía ahí con frecuencia, e incluso sus caballos se refrescaban en las aguas del balneario.

El sitio también está ligado a la memoria cultural mexicana por otra vía: la antropóloga, historiadora y periodista Anita Brenner —autora de una obra fundamental sobre la Revolución Mexicana— vivió en el edificio que hoy alberga los baños antiguos, y figuras como María Félix y Lucha Villa se contaron entre sus visitantes célebres. Ojocaliente, sin proponérselo, terminó siendo escenario secundario de buena parte del siglo XX mexicano.

Es fácil pensar en Ojocaliente solo como un lugar de placer y descanso, pero su papel histórico fue también profundamente práctico. El manantial fue crucial para el desarrollo hídrico de Aguascalientes hasta la década de 1970, cuando todavía surtía de agua potable a la ciudad a través de una acequia que partía desde la propia hacienda. Es decir: antes de ser patrimonio cultural, Ojocaliente fue literalmente infraestructura de supervivencia urbana. Esa doble condición —recreo y servicio esencial— es parte de lo que lo hace irremplazable en la memoria colectiva local.

En una ciudad que ha crecido rápido, con nuevos fraccionamientos, centros comerciales y una identidad cada vez más disputada entre lo global y lo local, sitios como Ojocaliente cumplen una función que va más allá del turismo. Son anclas de memoria.

Conocer Ojocaliente es entender que Aguascalientes no nació de la nada ni se explica solo por su presente industrial: nació, literalmente, alrededor del agua caliente que brota de su tierra. Es comprender que la higiene, la salud pública y el ocio han estado entrelazados aquí desde hace dos siglos, y que ese entrelazamiento moldeó decisiones urbanas —como la ubicación de ferias, jardines y mercados— que todavía definen el trazo de la ciudad.

También es una forma de resistencia frente al olvido. Los baños de Los Arquitos, hermanos históricos de Ojocaliente, estuvieron a punto de perderse por completo: tras ser desamortizados en 1856, su uso quedó en manos de particulares hasta que, en 1993, ante un deterioro que amenazaba con destruirlos por completo, el gobierno del estado los adquirió y restauró, convirtiéndolos en un centro cultural. Ese episodio es un recordatorio de que el patrimonio no se conserva solo, y que el desconocimiento —más que el tiempo— es a menudo lo que más rápido destruye una herencia colectiva.

Visitar Ojocaliente hoy, sumergirse en un agua que ha brotado caliente desde antes de que existiera el México independiente, es también un acto de continuidad: el mismo gesto que hacían los hidrocálidos del siglo XIX, los revolucionarios de 1914 y los turistas de este año. Pocas experiencias ofrecen una conexión tan directa, tan física, con el pasado de una ciudad.

Los Baños Termales de Ojocaliente no piden grandes esfuerzos para ser descubiertos: están en pleno Barrio de la Estación, abiertos todos los días, esperando a locales y visitantes por igual. Pero sí piden algo de curiosidad. Basta con cruzar la puerta y saber que se está pisando el mismo suelo, y tocando la misma agua, que le dio nombre a todo un estado.

Conocer este patrimonio —su historia, su arquitectura, su papel en la vida de la ciudad— no es un ejercicio nostálgico sin propósito. Es, en un sentido muy concreto, una manera de saber quiénes somos y de dónde venimos los hidrocálidos.