Hay noticias que uno preferiría no dar, pero el deber informativo es sagrado: esta semana, incluso con la Batalla por la Sucesión —esa saga interminable de movidas, traiciones y aspirantes que se creen ya ungidos— se toma un respiro. No se asusten. No es que la política mexicana se haya vuelto aburrida de repente (sería noticia mundial), es solo que, por una vez, hay algo compitiendo por el reflector en Aguascalientes con más fuerza que los suspirantes a un cargo público: el futbol.
Sí, el fut, el fútbol, el balompié o el soccer. Ese deporte que, según nos enteramos esta semana, no es solo un deporte, sino una especie de tratado internacional no firmado que rige las relaciones diplomáticas entre países hermanos que se quieren mucho, pero se detestan con el alma cuando se acalora la conversación por culpa del mismo futbol.
Aclaro, antes de que alguien se ofenda: no es mi caso. A mí el futbol me resulta tan comprensible como un instructivo de lavadora en coreano. Cuando alguien me pregunta, por molestar digo que le voy al América sin conocer a ninguno del cuadro, y sin el más mínimo interés de si gana o pierde: me da igual. Reconozco mis limitaciones, y por eso entiendo que si a alguien no le interesa lo más mínimo el futbol, lo más probable es que no entienda absolutamente nada del tremendo argüende internacional que se armó entre argentinos y mexicanos, países que se aman y se odian con la misma intensidad, dependiendo de cuántos goles gane o pierda Argentina y de qué tanto sus porras se burlen de las porras mexicanas, o de qué tanto las porras del Tri se desquiten de las argentinas.

Aclaro también, para que no haya confusiones: cuando digo futbol en esta columna, ahorita me refiero al Mundial, que es el único torneo capaz de secuestrar conversaciones, sobremesas y hasta mañaneras presidenciales. De los torneos cortos, la verdad, no sé absolutamente nada, salvo que compré boletos para llevar a mi hijo Alonso de doce años a ver al Necaxa contra el Monterrey este 26 de julio en el estadio Victoria, un día después de su cumpleaños. Aclaro, de los Hidrorayos del Necaxa (si aún se llaman así) no sé más que el equipo que se vino a Aguascalientes y que Eva Longoria hizo una serie en Disney Channel.
Lo que si sé, porque me encanta vivirlo, es una tarde de convivencia padre e hijo, para mi eso sí es más interesante que cualquier gol del Cristiano Ronaldo y un buen pretexto para sorprender a un niño recientemente apantallado por la fiebre mundialista.

No sé nada de futbol, pero entiendo que la selección mexicana juega como nunca y pierde como siempre. No se necesita ser José Ramón Fernández para darse cuenta de que México no ha ganado un solo mundial, mientras Argentina ya va por su cuarta copa mundialista —si no me falla la cuenta—.
Tampoco se necesita ser Faitelson o Martinoli para saber que México ha sido sede del mundial tres veces gracias al apadrinamiento de Televisa, y en esas tres veces la nación entera ha vivido una probada de lo que los hidrocálidos disfrutamos cada año con la Feria de San Marcos, pero con temática futbolera. Los extranjeros se retiran bien alegres y enfiestados a curarse la resaca en nuestras hermosas playas mexicanas.
Si uno no tiene el contexto adecuado —es decir, si uno ignora el gran negocio que representa la FIFA y organizar un Mundial, con sus derechos de transmisión, patrocinios y demás maquinaria que mueve más dinero que varias economías juntas— jamás va a entender por qué la mismísima presidenta de México decidió usar el altavoz más poderoso del país, la conferencia matutina, para exhibir en pantalla gigante al comunicador argentino Eduardo Feinmann. Uno de esos, afín al presidente argentino Javier Milei, que en plena euforia futbolera soltó que detestaba “el ahorita” y, de paso, a los mexicanos, todo mientras hilaba una serie de razonamientos que solo tienen sentido si uno ha escuchado, por más de cinco minutos, algún discurso del mandatario argentino, esta vez intensificado al calor del futbol.

Ante los insultos de Feinman, mire usted que a los mexicanos no nos fue tan mal; el y muchos más como el, han sido terribles con las feministas y simpatizantes del movimiento peronista o kirchnerista: amenazas, insultos, calumnias, puro odio; casi el mismo odio que promueve Claudia Sheinbaum en contra de la derecha mexicana ó la derecha mexicana en contra de Morena, todos los días en cualquier plataforma.

Regresando al fut, sin futbol de por medio, tampoco hay manera de entender qué pintan en esta historia mundialista las Islas Malvinas, ese conflicto bélico donde murieron jóvenes argentinos e ingleses en circunstancias que nada tuvieron que ver con un balón, y que de pronto reaparece en redes sociales cada vez que un argentino y un inglés comparten cancha. Aquí el fut, en vez de unir, fue usado para patear el avispero del resentimiento británico y argentino por el dolor que causó esta guerra. No hay razonamiento ni justificación posible: fue futbol. Qué triste.

Y ya que estamos, tampoco se entiende qué tiene que ver todo esto con Lionel Messi, el futbolista más famoso del planeta, cuyo nombre se pronuncia igual en cualquier idioma y que, sin haber dicho una sola palabra en este episodio, terminó mencionado igual, porque así funciona la lógica futbolera: todo lleva, tarde o temprano, a Messi.
Mi hija Emilia es su gran fan y no tiene idea de su récord de goles ni de ningún análisis sobre su rendimiento; es una niña de siete años que, gracias al astro del futbol, ahora quiere ser futbolista. No odia a los argentinos y dudo mucho que Jorge, mi vecino argentino la odie, me parece todo lo contrario. Somos buenos vecinos y amigos.

En fin. Que quede claro: Por el fut mundialista este fin de semana se hace una pausa técnica, todos nos envolvimos en el fut, muchos sin entenderle, pero ahí estamos. La política local regresará la próxima semana con las mismas intrigas de siempre, ahora bajo la sombra de un episodio que demostró que hay temas capaces de unir —o de dividir, según se vea— más que cualquier campaña política: un gol, un comentario desafortunado y una mañanera bien aprovechada.
Y para quienes de plano no le entraron a nada de esto: tranquilos. El fin de semana es la gran final del mundial España contra Argentina, y me uno a los millones que estarán viendo el juego, conociendo apenas la única regla que me sé: hay que correr detrás de un balón para meter gol. Ahí sí, sin pretextos a ver la final.
Al tiempo… y a su opinión.