Cada cuatro años ocurre algo que difícilmente se observa con otro acontecimiento: México se detiene para ver jugar a su selección. Las diferencias políticas se difuminan, las redes sociales cambian de tema, las discusiones públicas hacen una pausa y, por noventa minutos, el país parece reconciliarse consigo mismo.
El futbol posee una capacidad extraordinaria para construir identidad. Nos recuerda que, pese a nuestras diferencias, existe un símbolo capaz de reunirnos frente a una misma pantalla. Esa es su grandeza. Sin embargo, también revela una debilidad colectiva: nuestra facilidad para olvidar.
Hace apenas unos meses, el debate nacional estaba marcado por las consecuencias de decisiones gubernamentales, por las críticas a la gestión de la Ciudad de México, por las polémicas derivadas de acciones y declaraciones del gobierno federal y por problemas que siguen afectando la vida cotidiana de millones de mexicanos. Nada de eso desapareció. Simplemente dejó de ocupar el centro de la conversación porque la Selección Nacional salió a la cancha.
El futbol no resuelve la inseguridad, tampoco hará que aparezcan los desaparecidos, no mejora los servicios públicos, no combate la corrupción ni corrige errores políticos. Pero sí tiene el poder de modificar el estado de ánimo de una nación. Una reciente victoria alimenta la esperanza; una derrota nos devuelve a la realidad. Lo sabía el PRI en el poder, el PAN y ahora Morena.
Ahora el fenómeno adquiere una dimensión mayor porque México es sede de la Copa del Mundo. La emoción será permanente. Con estadios llenos, turismo, ceremonias, banderas y una narrativa de orgullo nacional que, legítimamente, puede fortalecer el sentido de pertenencia. El riesgo aparece cuando esa euforia termina por desplazar la memoria crítica.
No se trata de dejar de disfrutar el futbol. Al contrario, pocas cosas unen tanto a los mexicanos como ver jugar a la selección. Se trata de entender que una celebración deportiva no puede convertirse en un mecanismo para olvidar los asuntos que realmente definirán el futuro del país.
Los gobiernos pasan. Los mundiales también. Lo que permanece son las decisiones públicas, sus consecuencias y la responsabilidad ciudadana de exigir resultados.
Quizá la verdadera prueba para México no esté en avanzar a la siguiente ronda. Quizá consista en demostrar que podemos celebrar un gol sin olvidar las preguntas que seguimos esperando responder.
Porque un país que pierde la memoria durante noventa minutos corre el riesgo de perderla también durante seis años.
Al tiempo… y a su opinión.