Recuerdos sobre ruedas: Nostalgia de la ExpoPlaza
Las tardes de la adolescencia giraban sobre ruedas. Cierro los ojos y puedo verme de nuevo, deslizando mis patines en la ExpoPlaza, el corazón vibrante de nuestras aventuras juveniles

Las tardes de la adolescencia giraban sobre ruedas. Cierro los ojos y puedo verme de nuevo, deslizando mis patines en la ExpoPlaza, el corazón vibrante de nuestras aventuras juveniles. El eco de las ruedas sobre el suelo liso, la risa de mis amigos resonando en cada rincón y la brisa nocturna que refrescaba nuestras mejillas tras largas jornadas de giros y piruetas.
En aquel entonces, todo parecía girar en torno a la libertad de deslizarse sin preocupaciones. Nos reuníamos en la explanada, cada uno con su estilo, algunos expertos en trucos, otros simplemente disfrutando del vaivén. Entre risas y caídas, forjamos una hermandad sobre ruedas, una que parecía inquebrantable.
Pero hay un recuerdo que brilla con una luz especial: ella. Mi primer amor. La conocí una de esas tardes en las que el sol teñía el cielo de naranja. Su risa era tan contagiosa como la emoción de un nuevo truco bien logrado. Patinábamos juntos, tomados de la mano, sintiéndonos invencibles. Nos escapábamos de la multitud para sentarnos en las escaleras y hablar de cualquier cosa, de sueños, de música, de planes que creíamos eternos.
Cada salida no estaba completa sin una visita al cine de la ExpoPlaza. Entrábamos con la emoción de quien sabe que, por un par de horas, el mundo se detenía. Nos sentábamos en las butacas del fondo, compartiendo palomitas y secretos. Ahí, entre la penumbra y las historias en la pantalla, nos juramos amor eterno.
Los años pasaron, la ExpoPlaza sigue ahí, pero ya no nos pertenece como antes. Ahora es solo un escenario de recuerdos, un lugar donde aún puedo cerrar los ojos y vernos a todos, riendo, girando, amando. La nostalgia se desliza como aquellos patines, dejando huellas imborrables en el alma.